El Vapor de Tallers, el sueño británico de un empresario catalán

Consciente de que a simple vista la calle Tallers parece no tiene mayor interés que el de encontrar algún vinilo en una de las pocas tiendas de discos que sorprendentemente aún quedan en esta ciudad, comprar algo de ropa vintage/gótica/punk o tomar alguna copa en el Neverland, me arriesgo a sumarle algo más de interés y revelar la huella industrial/mancuniana que tuvo en el pasado. Nadie lo diría y por más que busquéis por allí no vais a encontrar placa, chimenea o monumento que recuerde que justo allí se instaló la primera fábrica de vapor de la península.

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Foto de 1856. Restos del antiguo baluarte de la calle Tallers y donde se ubicó el Vapor Bonaplata

El porqué del Vapor en Barcelona

No podría explicar esta historia si no me teletransportase a los años entre 1830 y 1844, en los que sonaba un nombre, el Vapor Bonaplata. Era un momento en el que Catalunya estaba centrada en tirar adelante un importante proceso de modernización industrial, sobre todo en el sector del textil. Hasta el momento, las máquinas que se estaban usando eran la Spinning-Jenny (más conocida aquí como la «Berguedana») y la Mulle-Jenny, unas monadas de máquinas hiladoras de la época y que eran la evolución de la «Jenny», inventada en Stanhill en 1764 por James Hargreaves, y que debe su nombre a la hija de este señor inglés.

Fueron unos años en los que, por ejemplo, nació el movimiento obrero moderno, igual que había pasado con anterioridad en Inglaterra, y se produjo el auge de las pequeñas y medianas empresas textiles. Los catalanes estaban levantando cabeza tras una crisis de más de 20 años y los empresarios veían la necesidad de modernizar sus equipos productivos para poder prosperar. En el textil, se empezaron a mecanizar las hiladoras y las energías tradicionales de tracción animal fueron sustituidas por las que producían la rueda hidráulica y la máquina de vapor. VAPOR! esa era la palabra mágica.

Hasta que el vapor llegó a Barcelona, la ciudad no podía plantearse tener una una industria propia de cierta relevancia. De hecho, en los únicos lugares donde hasta el momento la industrialización tenía posibilidades de desarrollo era en las zonas fluviales, y eso en el caso de que hubiesen saltos de agua en los que su volumen fuese suficiente potente para generar energía, como ocurría en las cuencas del río Ter o del Llobregat. Este no era el caso de Barcelona. La otra alternativa que había para la creación de energía era el vapor, que además tenía la ventaja de poder instalarse en cualquier lugar. La primera industria textil catalana que funcionó por la fuerza del vapor se instala en esta ciudad en 1832 con ayuda de ingenieros ingleses, en la calle Tallers, se llama el Vapor Bonaplata, y presume de ser la primera de Catalunya y el Estado Español y una de las primeras de Europa. Esta es su historia.

Los Bonaplata

La máquina de vapor llegó a Barcelona de la mano de los Bonaplata, una familia de empresarios que llevaba vinculada al textil desde hacía décadas. Los hermanos Ramón y Gabriel Bonaplata eran fabricantes de indianas desde 1803 y posteriormente tuvieron talleres de estampación en las calles Sant Pere Més baix 10 y Montcada 12. Pero fue uno de los hijos de Ramón, Josep Bonaplata, el que, con el apoyo de sus hermanos y asociándose con otros fabricantes, puso en marcha el motor de la industria moderna.

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Josep Bonaplata

Josep Bonaplata nace en Barcelona en 1795 y tanto su infancia como la de sus hermanos está marcada por la decadencia de la manufactura de las indianas que la familia lleva en la calle Sant Pere Més Baix. Eran unos años en los que Europa intentaba sobrevivir a las guerras napoleónicas y los barcos mercantes españoles a los galeones británicos para no ser hundidos, por lo tanto, no era muy rentable comprar tejidos estampados a los Bonaplata para revenderlos en las colonias americanas ya que probablemente no llegarían a su destino. El comercio estaba en crisis. Por si fuera poco, las tropas napoleónicas, con la excusa de atacar Portugal, cruzan los Pirineos, se pasan por Barcelona, toman la Ciutadella así a lo «por que yo lo valgo» ante la mirada atónita del ejército español que no es capaz de reaccionar. Y puestos a arrasar, los franceses toman también las Drassanes, Montjuic y todo lo que se les pone por delante. Ante tanta indefensión, la población de la ciudad se alza y el resultado es el de miles de catalanes muriendo torturados dentro de las mazmorras.

Con la ciudad ocupada, el negocio de los Bonaplata acaba convirtiéndose en un edificio abandonado. Barcelona aguanta las tropas napoleónicas hasta 1814, cuando éstas, tras destrozos varios, deciden abandonar la ciudad. A este período seguirá lo que podría denominarse como el regreso a la Edad Media gracias a la monarquía absoluta de Fernando VII, que lo primero que hace es cerrar fronteras. En fin, los catalanes necesitaban recuperar la normalidad y la lucha por conseguirla se iniciaría a través de la actividad comercial, que es lo que mejor sabían hacer.

Los Bonaplata siguen apostando por la fabricación de indianas como negocio de futuro y se centran en recuperar su negocio estampando artesanalmente los tejidos de algodón, trabajando a la clientela, reutilizando antiguos moldes, invirtiendo en tintes nuevos, contratando trabajadores y dibujantes para hacer nuevos diseños, etc. El negocio resucita y al poco tiempo tienen que ampliarlo comprando las casas colindantes para poder hacer frente al volumen de pedidos que les hacen, sobre todo para exportar a Montevideo y Santiago de Cuba. Lo mejor es que los Bonaplata no son los únicos empresarios de Barcelona que han podido levantar su negocio, según el gremio, la industria de las indianas se estaba recuperando y se estaban creando miles de puestos de trabajo.

Josep Bonaplata y Joan Vilaregut o cuando Alicia empezó a perseguir a Nivens McTwisp

Dentro de ese contexto de crecimiento económico, Josep Bonaplata vive dos momentos que marcarán sus futuras decisiones, la jubilación de su padre y la aparición de un viejo amigo, Joan Vilaregut. Joan también era hijo de un fabricante de indianas, pero respondía a un perfil más «arriesgado» que el de Josep, ya que había pasado un tiempo visitando otros países bien fuese como revolucionario en México o como exiliado en Londres, donde tuvo la oportunidad de ver como la industria inglesa había conseguido llenar los mercados de todo el mundo con productos de calidad y a unos precios muy bajos. Las fábricas británicas disfrutaban de muchos factores que las beneficiaban, por un lado se alimentaban de materias primas que llegaban de sus propias colonias y, por otro lado, Inglaterra tenía una flota mercante que surcaba regularmente los océanos introduciendo todos sus productos a través de ciudades portuarias, cosa que no daba respiro al resto de economías de Europa. En Catalunya la situación económica que se vivía en aquellos momentos no facilitaba la instalación de ese modelo de mercado.

Joan Vilaregut, consideraba que la industria catalana no avanzaría si solo se centraba en hacer mejoras puntuales y si no orientaba su mentalidad hacia la rentabilidad, a parte de invertir en el uso del hierro, que es el material que podría desarrollar motores capaces de repetir procesos a más velocidad y con más precisión que las máquinas de madera. Joan tiene otra imagen en su cabeza, la que ha traído de Inglaterra, la de las fábricas con una chimenea instalada siempre junto a una sala aislada, lugar donde se encuentra el invento más poderoso, la máquina de vapor, capaz de hacer mover día y noche todo un ejército de máquinas automáticas sin casi la intervención del hombre (Si tenéis la ocasión de visitar en Terrassa el Museu de la Ciencia y de la Técnica de Catalunya, más conocido como MNACTEC, podréis ver una de esas salas con máquina de vápor incluída. Por si no podéis visitarla, aquí abajo os pongo su foto).

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Joan Vilaregut tenía como objetivo convertirse en uno de los principales fabricantes del país así que, de alguna manera, arrastra a Josep a trabajar con él para conseguirlo y lo hace con gran entusiasmo. La primera oportunidad la consiguen en 1929 cuando, por Real Orden, obtienen el privilegio de poder introducir en el país maquinaria extranjera de tejer mecánicamente todo tipo de hilos. El campo de pruebas de estas máquinas será un taller tradicional en funcionamiento dispuesto a ser modernizado. El «laboratorio» lo encuentran en una fábrica en Sallent que alquilan por cinco años a la familia Torres Amat y que serviría para demostrar si el modelo inglés podría ser rentable en Catalunya. El proyecto enamora tanto a Josep, que se asocia a Joan, renunciando a una posición estable de negocio familiar y se lanzan juntos a la aventura de poner en marcha la primera fábrica moderna del sur de Europa.

De la fábrica de Sallent a Lancashire, el país de las maravillas

La fábrica de Sallent se encuentra en la calle Pont número 2 y para llegar a ella tienes que cruzar un puente gótico bajo el que pasa el río LLobregat. La fábrica cuenta con Bergadanas de más de 120 husos, telares mecánicos, una era enorme que se destinaba al secado, montones de artesanos trabajando y, lo más importante, una acequia que pasa debajo del puente que acaba en un gran salto de agua y que impulsa un molino. No tendrían mucho carbón, a diferencia de los ingleses, pero tienen la fuerza de un río que nace en el Pirineo.

Por un lado, Joan, tira de contactos que hizo durante su exilio en Londres, viaja a Inglaterra y consigue traer máquinas inglesas y contratar un equipo de profesionales dispuestos a ir a Sallent a instalar y asesorar en las operaciones de puesta en marcha. Josep, por su parte, se encarga de dirigir la adaptación de la fábrica y la construcción e instalación de una gran rueda hidráulica en la acequia antes de que lleguen tanto las máquinas como los técnicos ingleses que venían desde Liverpool. Poco a poco Sallent se va a ir transformando y los artesanos de la zona poco a poco van a pasar a ser operarios de una cadena de producción diseñada por una ingeniero que ni tan siquiera conocen. El sueño se convierte en realidad cuando los técnicos británicos regresan a su país dejando en Sallent una fábrica en miniatura de los grandes complejos fabriles que existían en su país. Es la primera fábrica en todo el Estado en el que cestos de algodón entran en un almacén y a las pocas horas se han convertido en tejido, sin que ningún hombre o animal haya gastado demasiada energía para conseguir ese resultado. Logran fabricar más metros de tela a un coste mucho más bajo gracias a las aguas del LLobregat y con el mismo número de trabajadores.

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Fábrica Torres Amat – Sallent

Josep Bonaplata, satisfecho con el éxito y tras trabajar con los técnicos ingleses, decide visitar el principal escenario de la Revolución Industrial para acabar de nutrirse de conocimientos. Los datos biográficos que se conocen de este empresario, le perfilan como un hombre de negocios que suele abandonar su despacho de vez en cuando para bajar a la fábrica, tratar con los operarios e ingenieros y conocer todos los procesos productivos detalladamente. No es de extrañar entonces que se lanzase a viajar a Inglaterra y, además, llevar con él a Joan Rull, otro emprendedor y pionero en la automatización de la estampación de indianas. Con ellos iría un trabajador de confianza llamado Pere Camps, que tendría la tarea de absorber todo el conocimiento que pudiera sobre el funcionamiento de una fábrica moderna. El destino era Lancashire y la entrada era el puerto de Liverpool, que está rodeado de enormes almacenes y formado por decenas de muelles que dan a una de las riberas del río Mersey.

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Albert Dock – Liverpool 1885

Los tres visitaron ciudades como Bolton, Preston o Blackburn, pero sobre todo las «Mills», algo parecido a pequeñas ciudades llenas de largas naves de ladrillo, de tres o cuatro pisos de altura, y repletas de maquinaria movida por motores y controlada por expertos operarios. En el piso de abajo, en una sala para ella solita, encuentran la máquina de vápor, bajo la supervisión constante de un maquinista que controla la presión del agua para que no haya accidentes. Esta es la visión que traen Bonaplata y Rull de Lancashire, es lo que querrán instalar aquí y para ello acabarán comprando en Birmimgham maquinaria de Boulton & Watt, uno de los productores de máquinas de vápor más importantes de la época. Camps se quedará en una de las principales fábricas de Manchester para acabar de formarse y aprender sobre la maquinaria, especialmente sobre la self-acting spinning mule de Richard Roberts, que Bonaplata tenía intención de producir bajo licencia.

La aventura y desventura del Lancashire de la calle Tallers

Los empresarios regresan de Lancashire con una perspectiva más amplia de lo era la industrialización. Josep valora el proyecto de Sallent desde otro punto de vista, el del condicionante climático. Es un verano muy caluroso y seco, así que el caudal del río es tan bajo que la rueda hidráulica gira con mucha lentitud, y por lo tanto las máquinas también lo hacen a la misma velocidad. Cuando llegue el otoño podría ocurrir lo contrario con las fuertes lluvias y la crecida del LLobregat podría arrancar la rueda y arrastrarla río abajo. La apuesta de Sallent es buena pero no puede responder de la misma manera que las Mills inglesas.

Josep pasa los siguientes meses diseñando un proyecto empresarial más complejo para Barcelona, más parecido al inglés, y en el que el salto tecnológico y el aprovechamiento del puerto tenían que representar un papel primordial. En contra tenía que debía buscar algo para ser igual de competitivo que los ingleses sin algo que aquí casi no había y que era uno de los secretos que permitía a la industria británica tener precios tan bajos: el hierro y el carbón. La alternativa era traer en barco hulla desde las minas del norte de Europa y compensar el coste energético con muchas horas de trabajo. Otro detalle era levantar una fundición cerca de las naves de producción para fabricar los telares y las hiladoras que podrían hacer que otros talleres se automatizasen. Claramente, la idea era transformar Catalunya en un Lancashire mediterráneo.

Pero todo esto tenía que pasar por el permiso de las autoridades gubernamentales. Por suerte, el embajador español en Londres logra convencer al gobierno de Fernando VII y en las Navidades de 1831 Josep recibe un contrato del gobierno central en el que se le autoriza a levantar una fábrica e importar hiladoras, tejedoras y cantidades de hierro, cobre y carbón suficientes para cubrir 5 años. También se le autoriza para abrir una fundición controlada por ingleses, para construir 200 telares al año y máquinas de hilar.
Simultaneamente a todos estos movimientos, Josep intenta atraer inversores para conseguir capital suficiente para llevar a cabo su proyecto. Algunos empresarios barceloneses participan (aunque muchos empresarios le dan la espalda cuando se enteran de las ventajas que el gobierno le han dado para levantar su fábrica) y acaba fundándose una sociedad la de Bonaplata, Rull, Vilaregut i Cia.

El espacio donde se instala el Lancashire barcelonés será el Raval, una barrio que en aquellos tiempos sufría el abandono y que había quedado despoblado después de la peste negra, pero tenía muchos descampados donde se podía edificar y también quedaban pequeños talleres con artesanos al los que se podría contratar. La ubicación final de El Vapor se decide que sea al final del carrer Tallers, que limitaba con la antigua muralla de la ciudad, en la confluencia con la calle Valldonzella. Les cedieron los terrenos de la parte interior de la muralla y al lado del convento de Sant Vicenç de Paül (lo que actualmente es la iglesia de Sant Pere Nolasc, situada en la plaça Castella, es precisamente la capilla interior de aquel convento).

Sant Pere Nolasc

Iglesia Sant Pere Nolasc

Pero mientras se empiezan a construir los fundamentos del edificio, se extiende por toda la ciudad el rumor de que la fábrica será la más grande jamás vista, llena de máquinas compradas en el extranjero, que funcionan solas, y que los artesanos y las mujeres hiladoras se quedarán sin trabajo en poco tiempo. «El Vapor» nacía ante los ojos de una población muy desconfiada.

El Vapor, comenzó a montarse en 1832, pero no fue hasta 1833 cuando empezó a ser operativa y cuando, desde Inglaterra, entraba en sus instalaciones una gran máquina de vapor de 30 caballos de potencia con la función de hacer funcionar las hilaturas y los telares, era la primera de toda la península. Su instalación no fue fácil ya que los trabajadores no estaban del todo preparados para utilizarla y, además, para alimentar las calderas, tenían que utilizar leña en vez de hulla, cosa que hacía que su funcionamiento no fuese el más adecuado. Pero, a pesar de todas esas dificultades y mala fama que arrastraba en sus inicios, hasta el diario progresista de la época, El Vapor, aplaudió la instalación de la nueva industria en el Raval y muchos industriales decidieron visitarla. La Comisión de Fábricas de Hilados, Tejidos y Estampados que, en un principio no apoyó la instalación de la fábrica, a finales de 1933 ya había cambiado de opinión.

Estamos ante el inicio de la industrialización moderna que iba ligada a dos elementos fundamentales: La máquina de vapor considerada como la fuerza motriz y la maquinaria hecha de hierro fundido. Por primera vez en la ciudad se utilizarán las máquinas de hilar y los telares mecánicos de fundición y, a la vez, las técnicas metalúrgicas para construirlas y repararlas, además de la introducción de la primera máquina de pintar indianas .

El Vapor Bonaplata, mientras duró, empleó a 700 obreros entre los telares mecánicos, la fundición y el taller de montaje. Su gran desgracia fue que también nació en una época en la que se iniciaba una gran conflictividad política tras la muerte de Fernando VII y la máquina de vapor seguía viéndose como un enemigo para los trabajadores, ya que muchos de ellos se quedaban sin trabajo. El resultado fue que El Vapor Bonaplata fue atacado en el verano de 1935 por un movimiento parecido al ludismo inglés y coincidiendo con la guerra carlista. La fábrica fue quemada y también la que tenía Joan Rull, el socio de Josep Bonaplata, en Gràcia, en la calle Perill esquina Torrent de l’Olla.

El sueño británico de Josep Bonaplata duró 20 meses y, tras la tragedia, pidió indemnizaciones al gobierno, que le fueron concedidas. Finalmente decidió trasladarse a Madrid, que era un territorio menos conflictivo al no haber en aquel momento la suficiente actividad industrial para que hubiesen la existencia de movimientos obreros fuertes, a diferencia de lo que pasaba en Barcelona.

Y esta fue la ilusionante y a la vez triste historia del Lancashire de la calle Tallers.

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