El Vapor de Tallers, el sueño británico de un empresario catalán

Consciente de que a simple vista la calle Tallers parece no tiene mayor interés que el de encontrar algún vinilo en una de las pocas tiendas de discos que sorprendentemente aún quedan en esta ciudad, comprar algo de ropa vintage/gótica/punk o tomar alguna copa en el Neverland, me arriesgo a sumarle algo más de interés y revelar la huella industrial/mancuniana que tuvo en el pasado. Nadie lo diría y por más que busquéis por allí no vais a encontrar placa, chimenea o monumento que recuerde que justo allí se instaló la primera fábrica de vapor de la península.

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Foto de 1856. Restos del antiguo baluarte de la calle Tallers y donde se ubicó el Vapor Bonaplata

El porqué del Vapor en Barcelona

No podría explicar esta historia si no me teletransportase a los años entre 1830 y 1844, en los que sonaba un nombre, el Vapor Bonaplata. Era un momento en el que Catalunya estaba centrada en tirar adelante un importante proceso de modernización industrial, sobre todo en el sector del textil. Hasta el momento, las máquinas que se estaban usando eran la Spinning-Jenny (más conocida aquí como la «Berguedana») y la Mulle-Jenny, unas monadas de máquinas hiladoras de la época y que eran la evolución de la «Jenny», inventada en Stanhill en 1764 por James Hargreaves, y que debe su nombre a la hija de este señor inglés.

Fueron unos años en los que, por ejemplo, nació el movimiento obrero moderno, igual que había pasado con anterioridad en Inglaterra, y se produjo el auge de las pequeñas y medianas empresas textiles. Los catalanes estaban levantando cabeza tras una crisis de más de 20 años y los empresarios veían la necesidad de modernizar sus equipos productivos para poder prosperar. En el textil, se empezaron a mecanizar las hiladoras y las energías tradicionales de tracción animal fueron sustituidas por las que producían la rueda hidráulica y la máquina de vapor. VAPOR! esa era la palabra mágica.

Hasta que el vapor llegó a Barcelona, la ciudad no podía plantearse tener una una industria propia de cierta relevancia. De hecho, en los únicos lugares donde hasta el momento la industrialización tenía posibilidades de desarrollo era en las zonas fluviales, y eso en el caso de que hubiesen saltos de agua en los que su volumen fuese suficiente potente para generar energía, como ocurría en las cuencas del río Ter o del Llobregat. Este no era el caso de Barcelona. La otra alternativa que había para la creación de energía era el vapor, que además tenía la ventaja de poder instalarse en cualquier lugar. La primera industria textil catalana que funcionó por la fuerza del vapor se instala en esta ciudad en 1832 con ayuda de ingenieros ingleses, en la calle Tallers, se llama el Vapor Bonaplata, y presume de ser la primera de Catalunya y el Estado Español y una de las primeras de Europa. Esta es su historia.

Los Bonaplata

La máquina de vapor llegó a Barcelona de la mano de los Bonaplata, una familia de empresarios que llevaba vinculada al textil desde hacía décadas. Los hermanos Ramón y Gabriel Bonaplata eran fabricantes de indianas desde 1803 y posteriormente tuvieron talleres de estampación en las calles Sant Pere Més baix 10 y Montcada 12. Pero fue uno de los hijos de Ramón, Josep Bonaplata, el que, con el apoyo de sus hermanos y asociándose con otros fabricantes, puso en marcha el motor de la industria moderna.

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Josep Bonaplata

Josep Bonaplata nace en Barcelona en 1795 y tanto su infancia como la de sus hermanos está marcada por la decadencia de la manufactura de las indianas que la familia lleva en la calle Sant Pere Més Baix. Eran unos años en los que Europa intentaba sobrevivir a las guerras napoleónicas y los barcos mercantes españoles a los galeones británicos para no ser hundidos, por lo tanto, no era muy rentable comprar tejidos estampados a los Bonaplata para revenderlos en las colonias americanas ya que probablemente no llegarían a su destino. El comercio estaba en crisis. Por si fuera poco, las tropas napoleónicas, con la excusa de atacar Portugal, cruzan los Pirineos, se pasan por Barcelona, toman la Ciutadella así a lo «por que yo lo valgo» ante la mirada atónita del ejército español que no es capaz de reaccionar. Y puestos a arrasar, los franceses toman también las Drassanes, Montjuic y todo lo que se les pone por delante. Ante tanta indefensión, la población de la ciudad se alza y el resultado es el de miles de catalanes muriendo torturados dentro de las mazmorras.

Con la ciudad ocupada, el negocio de los Bonaplata acaba convirtiéndose en un edificio abandonado. Barcelona aguanta las tropas napoleónicas hasta 1814, cuando éstas, tras destrozos varios, deciden abandonar la ciudad. A este período seguirá lo que podría denominarse como el regreso a la Edad Media gracias a la monarquía absoluta de Fernando VII, que lo primero que hace es cerrar fronteras. En fin, los catalanes necesitaban recuperar la normalidad y la lucha por conseguirla se iniciaría a través de la actividad comercial, que es lo que mejor sabían hacer.

Los Bonaplata siguen apostando por la fabricación de indianas como negocio de futuro y se centran en recuperar su negocio estampando artesanalmente los tejidos de algodón, trabajando a la clientela, reutilizando antiguos moldes, invirtiendo en tintes nuevos, contratando trabajadores y dibujantes para hacer nuevos diseños, etc. El negocio resucita y al poco tiempo tienen que ampliarlo comprando las casas colindantes para poder hacer frente al volumen de pedidos que les hacen, sobre todo para exportar a Montevideo y Santiago de Cuba. Lo mejor es que los Bonaplata no son los únicos empresarios de Barcelona que han podido levantar su negocio, según el gremio, la industria de las indianas se estaba recuperando y se estaban creando miles de puestos de trabajo.

Josep Bonaplata y Joan Vilaregut o cuando Alicia empezó a perseguir a Nivens McTwisp

Dentro de ese contexto de crecimiento económico, Josep Bonaplata vive dos momentos que marcarán sus futuras decisiones, la jubilación de su padre y la aparición de un viejo amigo, Joan Vilaregut. Joan también era hijo de un fabricante de indianas, pero respondía a un perfil más «arriesgado» que el de Josep, ya que había pasado un tiempo visitando otros países bien fuese como revolucionario en México o como exiliado en Londres, donde tuvo la oportunidad de ver como la industria inglesa había conseguido llenar los mercados de todo el mundo con productos de calidad y a unos precios muy bajos. Las fábricas británicas disfrutaban de muchos factores que las beneficiaban, por un lado se alimentaban de materias primas que llegaban de sus propias colonias y, por otro lado, Inglaterra tenía una flota mercante que surcaba regularmente los océanos introduciendo todos sus productos a través de ciudades portuarias, cosa que no daba respiro al resto de economías de Europa. En Catalunya la situación económica que se vivía en aquellos momentos no facilitaba la instalación de ese modelo de mercado.

Joan Vilaregut, consideraba que la industria catalana no avanzaría si solo se centraba en hacer mejoras puntuales y si no orientaba su mentalidad hacia la rentabilidad, a parte de invertir en el uso del hierro, que es el material que podría desarrollar motores capaces de repetir procesos a más velocidad y con más precisión que las máquinas de madera. Joan tiene otra imagen en su cabeza, la que ha traído de Inglaterra, la de las fábricas con una chimenea instalada siempre junto a una sala aislada, lugar donde se encuentra el invento más poderoso, la máquina de vapor, capaz de hacer mover día y noche todo un ejército de máquinas automáticas sin casi la intervención del hombre (Si tenéis la ocasión de visitar en Terrassa el Museu de la Ciencia y de la Técnica de Catalunya, más conocido como MNACTEC, podréis ver una de esas salas con máquina de vápor incluída. Por si no podéis visitarla, aquí abajo os pongo su foto).

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Joan Vilaregut tenía como objetivo convertirse en uno de los principales fabricantes del país así que, de alguna manera, arrastra a Josep a trabajar con él para conseguirlo y lo hace con gran entusiasmo. La primera oportunidad la consiguen en 1929 cuando, por Real Orden, obtienen el privilegio de poder introducir en el país maquinaria extranjera de tejer mecánicamente todo tipo de hilos. El campo de pruebas de estas máquinas será un taller tradicional en funcionamiento dispuesto a ser modernizado. El «laboratorio» lo encuentran en una fábrica en Sallent que alquilan por cinco años a la familia Torres Amat y que serviría para demostrar si el modelo inglés podría ser rentable en Catalunya. El proyecto enamora tanto a Josep, que se asocia a Joan, renunciando a una posición estable de negocio familiar y se lanzan juntos a la aventura de poner en marcha la primera fábrica moderna del sur de Europa.

De la fábrica de Sallent a Lancashire, el país de las maravillas

La fábrica de Sallent se encuentra en la calle Pont número 2 y para llegar a ella tienes que cruzar un puente gótico bajo el que pasa el río LLobregat. La fábrica cuenta con Bergadanas de más de 120 husos, telares mecánicos, una era enorme que se destinaba al secado, montones de artesanos trabajando y, lo más importante, una acequia que pasa debajo del puente que acaba en un gran salto de agua y que impulsa un molino. No tendrían mucho carbón, a diferencia de los ingleses, pero tienen la fuerza de un río que nace en el Pirineo.

Por un lado, Joan, tira de contactos que hizo durante su exilio en Londres, viaja a Inglaterra y consigue traer máquinas inglesas y contratar un equipo de profesionales dispuestos a ir a Sallent a instalar y asesorar en las operaciones de puesta en marcha. Josep, por su parte, se encarga de dirigir la adaptación de la fábrica y la construcción e instalación de una gran rueda hidráulica en la acequia antes de que lleguen tanto las máquinas como los técnicos ingleses que venían desde Liverpool. Poco a poco Sallent se va a ir transformando y los artesanos de la zona poco a poco van a pasar a ser operarios de una cadena de producción diseñada por una ingeniero que ni tan siquiera conocen. El sueño se convierte en realidad cuando los técnicos británicos regresan a su país dejando en Sallent una fábrica en miniatura de los grandes complejos fabriles que existían en su país. Es la primera fábrica en todo el Estado en el que cestos de algodón entran en un almacén y a las pocas horas se han convertido en tejido, sin que ningún hombre o animal haya gastado demasiada energía para conseguir ese resultado. Logran fabricar más metros de tela a un coste mucho más bajo gracias a las aguas del LLobregat y con el mismo número de trabajadores.

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Fábrica Torres Amat – Sallent

Josep Bonaplata, satisfecho con el éxito y tras trabajar con los técnicos ingleses, decide visitar el principal escenario de la Revolución Industrial para acabar de nutrirse de conocimientos. Los datos biográficos que se conocen de este empresario, le perfilan como un hombre de negocios que suele abandonar su despacho de vez en cuando para bajar a la fábrica, tratar con los operarios e ingenieros y conocer todos los procesos productivos detalladamente. No es de extrañar entonces que se lanzase a viajar a Inglaterra y, además, llevar con él a Joan Rull, otro emprendedor y pionero en la automatización de la estampación de indianas. Con ellos iría un trabajador de confianza llamado Pere Camps, que tendría la tarea de absorber todo el conocimiento que pudiera sobre el funcionamiento de una fábrica moderna. El destino era Lancashire y la entrada era el puerto de Liverpool, que está rodeado de enormes almacenes y formado por decenas de muelles que dan a una de las riberas del río Mersey.

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Albert Dock – Liverpool 1885

Los tres visitaron ciudades como Bolton, Preston o Blackburn, pero sobre todo las «Mills», algo parecido a pequeñas ciudades llenas de largas naves de ladrillo, de tres o cuatro pisos de altura, y repletas de maquinaria movida por motores y controlada por expertos operarios. En el piso de abajo, en una sala para ella solita, encuentran la máquina de vápor, bajo la supervisión constante de un maquinista que controla la presión del agua para que no haya accidentes. Esta es la visión que traen Bonaplata y Rull de Lancashire, es lo que querrán instalar aquí y para ello acabarán comprando en Birmimgham maquinaria de Boulton & Watt, uno de los productores de máquinas de vápor más importantes de la época. Camps se quedará en una de las principales fábricas de Manchester para acabar de formarse y aprender sobre la maquinaria, especialmente sobre la self-acting spinning mule de Richard Roberts, que Bonaplata tenía intención de producir bajo licencia.

La aventura y desventura del Lancashire de la calle Tallers

Los empresarios regresan de Lancashire con una perspectiva más amplia de lo era la industrialización. Josep valora el proyecto de Sallent desde otro punto de vista, el del condicionante climático. Es un verano muy caluroso y seco, así que el caudal del río es tan bajo que la rueda hidráulica gira con mucha lentitud, y por lo tanto las máquinas también lo hacen a la misma velocidad. Cuando llegue el otoño podría ocurrir lo contrario con las fuertes lluvias y la crecida del LLobregat podría arrancar la rueda y arrastrarla río abajo. La apuesta de Sallent es buena pero no puede responder de la misma manera que las Mills inglesas.

Josep pasa los siguientes meses diseñando un proyecto empresarial más complejo para Barcelona, más parecido al inglés, y en el que el salto tecnológico y el aprovechamiento del puerto tenían que representar un papel primordial. En contra tenía que debía buscar algo para ser igual de competitivo que los ingleses sin algo que aquí casi no había y que era uno de los secretos que permitía a la industria británica tener precios tan bajos: el hierro y el carbón. La alternativa era traer en barco hulla desde las minas del norte de Europa y compensar el coste energético con muchas horas de trabajo. Otro detalle era levantar una fundición cerca de las naves de producción para fabricar los telares y las hiladoras que podrían hacer que otros talleres se automatizasen. Claramente, la idea era transformar Catalunya en un Lancashire mediterráneo.

Pero todo esto tenía que pasar por el permiso de las autoridades gubernamentales. Por suerte, el embajador español en Londres logra convencer al gobierno de Fernando VII y en las Navidades de 1831 Josep recibe un contrato del gobierno central en el que se le autoriza a levantar una fábrica e importar hiladoras, tejedoras y cantidades de hierro, cobre y carbón suficientes para cubrir 5 años. También se le autoriza para abrir una fundición controlada por ingleses, para construir 200 telares al año y máquinas de hilar.
Simultaneamente a todos estos movimientos, Josep intenta atraer inversores para conseguir capital suficiente para llevar a cabo su proyecto. Algunos empresarios barceloneses participan (aunque muchos empresarios le dan la espalda cuando se enteran de las ventajas que el gobierno le han dado para levantar su fábrica) y acaba fundándose una sociedad la de Bonaplata, Rull, Vilaregut i Cia.

El espacio donde se instala el Lancashire barcelonés será el Raval, una barrio que en aquellos tiempos sufría el abandono y que había quedado despoblado después de la peste negra, pero tenía muchos descampados donde se podía edificar y también quedaban pequeños talleres con artesanos al los que se podría contratar. La ubicación final de El Vapor se decide que sea al final del carrer Tallers, que limitaba con la antigua muralla de la ciudad, en la confluencia con la calle Valldonzella. Les cedieron los terrenos de la parte interior de la muralla y al lado del convento de Sant Vicenç de Paül (lo que actualmente es la iglesia de Sant Pere Nolasc, situada en la plaça Castella, es precisamente la capilla interior de aquel convento).

Sant Pere Nolasc

Iglesia Sant Pere Nolasc

Pero mientras se empiezan a construir los fundamentos del edificio, se extiende por toda la ciudad el rumor de que la fábrica será la más grande jamás vista, llena de máquinas compradas en el extranjero, que funcionan solas, y que los artesanos y las mujeres hiladoras se quedarán sin trabajo en poco tiempo. «El Vapor» nacía ante los ojos de una población muy desconfiada.

El Vapor, comenzó a montarse en 1832, pero no fue hasta 1833 cuando empezó a ser operativa y cuando, desde Inglaterra, entraba en sus instalaciones una gran máquina de vapor de 30 caballos de potencia con la función de hacer funcionar las hilaturas y los telares, era la primera de toda la península. Su instalación no fue fácil ya que los trabajadores no estaban del todo preparados para utilizarla y, además, para alimentar las calderas, tenían que utilizar leña en vez de hulla, cosa que hacía que su funcionamiento no fuese el más adecuado. Pero, a pesar de todas esas dificultades y mala fama que arrastraba en sus inicios, hasta el diario progresista de la época, El Vapor, aplaudió la instalación de la nueva industria en el Raval y muchos industriales decidieron visitarla. La Comisión de Fábricas de Hilados, Tejidos y Estampados que, en un principio no apoyó la instalación de la fábrica, a finales de 1933 ya había cambiado de opinión.

Estamos ante el inicio de la industrialización moderna que iba ligada a dos elementos fundamentales: La máquina de vapor considerada como la fuerza motriz y la maquinaria hecha de hierro fundido. Por primera vez en la ciudad se utilizarán las máquinas de hilar y los telares mecánicos de fundición y, a la vez, las técnicas metalúrgicas para construirlas y repararlas, además de la introducción de la primera máquina de pintar indianas .

El Vapor Bonaplata, mientras duró, empleó a 700 obreros entre los telares mecánicos, la fundición y el taller de montaje. Su gran desgracia fue que también nació en una época en la que se iniciaba una gran conflictividad política tras la muerte de Fernando VII y la máquina de vapor seguía viéndose como un enemigo para los trabajadores, ya que muchos de ellos se quedaban sin trabajo. El resultado fue que El Vapor Bonaplata fue atacado en el verano de 1935 por un movimiento parecido al ludismo inglés y coincidiendo con la guerra carlista. La fábrica fue quemada y también la que tenía Joan Rull, el socio de Josep Bonaplata, en Gràcia, en la calle Perill esquina Torrent de l’Olla.

El sueño británico de Josep Bonaplata duró 20 meses y, tras la tragedia, pidió indemnizaciones al gobierno, que le fueron concedidas. Finalmente decidió trasladarse a Madrid, que era un territorio menos conflictivo al no haber en aquel momento la suficiente actividad industrial para que hubiesen la existencia de movimientos obreros fuertes, a diferencia de lo que pasaba en Barcelona.

Y esta fue la ilusionante y a la vez triste historia del Lancashire de la calle Tallers.

LA CASA GOMIS / LA RICARDA, UN DESTINO EXÓTICO EN LAS PUERTAS DE UN AEROPUERTO

 

Frente a un mar que no se ve pero se siente, muy cercana a la playa del Prat de LLobregat, camuflada discretamente en un bosque de pinos, se levanta La Ricarda/Casa Gomis, uno de los mejores ejemplos de arquitectura racionalista y paisajista de este mundo y, probablemente, de los otros. Antonio Bonet es el arquitecto que diseñó la casa, un espacio integrado con su propio entorno, y con vistas a la serenidad de un jardín con piscina. Afortunados fueron los que la habitaron, que fueron los descendientes de uno de los industriales catalanes más importante de todos los tiempos, Eusebi Bertrand. El lazo de todo esto con mi Manchester es mínimo pero destacable desde el punto de vista de la industrialización, ya que Eusebi fue considerado en 1935 como el primer industrial algodonero del mundo, según el prestigioso boletín de la Federation of Master Cotton Spinners Association de Manchester. Así que antes de hablar de la Ricarda, como objeto de destino a visitar, obra de arte, y, en mi caso también de deseo, me apetece saber porqué los mancunianos se fijaron en este hombre.

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EUSEBI BERTRAND, UN REFERENTE PARA LOS INDUSTRIALES DE MANCHESTER
Dando rienda suelta a mi curiosidad, me lío a buscar información sobre Eusebi Bertrand y descubro que pertenece a la quinta generación de una saga de empresarios que controlaba desde fábricas de hilado y tejidos, hasta explotaciones agrícolas y líneas de ferrocarriles de carga. Fue su padre, Manuel Bertrand, quien compró en 1901 la finca de la Ricarda, un total de 350 ha, con estanque incluido, y que acabó convirtiendo en una explotación moderna construyendo, en primer lugar una vaquería que proveyó por un tiempo el mercado lechero de Barcelona. La vaquería se fue ampliando con la construcción de las viviendas para sus empleados, instalaciones agrícolas y para el ganado, y una casa para la familia de estilo noucentista. Manuel, a parte de tener buen ojo para los negocios, tenía muy buena suerte. Digo esto porque por lo visto la fortuna que hizo fue, en parte, gracias a las fábricas que tenía la familia de su mujer, Flora Serra, ya que él había roto relaciones con su propia familia. Afortunadamente los Serra le acogieron sin problemas y le hicieron socio de sus negocios (supongo que el hecho de que Manuel era hijo de algodoneros también influiría en la decisión).
Manuel y Flora fundaron la fábrica El Remei de Manresa, reorganizaron el proceso productivo y dejaron en manos de su hijo Eusebi Bertrand i Serra, una empresa próspera y con futuro. Si Manuel había hecho un buen matrimonio casándose con una rica heredera, Eusebi no iba a ser menos y lo hace con la sobrina de uno de los importadores de algodón más importantes del país, Alfred Mata Pons. No les faltaría ni algodón, ni tampoco carbón, ya que Eusebi era accionista y vicepresidente de la empresa carbonífera más importante de Catalunya, Carbones de Berga S.A. (Hay que tener en cuenta que todas las fábricas de hilados y tejidos de algodón del grupo Bertrand funcionaban con máquinas de vapor, por lo tanto necesitaban carbón, y, lógicamente, a ellos les salía mejor de precio). Pero Eusebi no solo se conformó con su vida empresarial, también tuvo incursiones en el mundo de la política, fue uno de los fundadores de la LLiga Regionalista y entre 1907 y 1923 llegó a ser diputado a las Cortes por Puigcerdá. Tras la muerte de su padre, se convirtió en dueño único del negocio familiar e inició una política de expansión con la compra, en 1913, de la fábrica más antigua de estampado de tejidos de Barcelona, Felip Ricart, con lo que logró duplicar la capacidad de estampado de su grupo y amplió los telares del Remei de Manresa, también de su propiedad. En 1933 Eusebi fue nombrado primer industrial algodonero del mundo – tenía fábricas de hilados y tejidos de algodón, de blanqueo, de estampados, de tinte y acabados – por la Federation of Master Cotton Spinners Association de Manchester. Por aquel entonces en sus fábricas trabajaban dos mil doscientas personas que producían tres millones seiscientos mil kilos de hilo y quince millones de metros de tejidos cada año. En realidad había empresas más grandes que las suyas pero no de un solo propietario como era su caso.
Claramente, lo de este hombre era un «no parar». Paralelamente a sus éxitos empresariales, Eusebi fue aumentando su participación en la sociedad civil y el mundo del deporte del motor. Pilotó en el mítico rally Barcelona-París de 1923, se convirtió en fundador del Automóvil Club de Catalunya y representante de marcas como Berliet, Bugatti o Minerva. Y, a parte de todo esto, era un hombre con inquietudes culturales muy amplias, era culto, amante de la música, tocaba el violonchelo, fue presidente honorario de la junta directiva del Gran Teatre del Liceu e impulsor de la Orquesta Sinfónica y de la Associació de Música de Cambra de Barcelona.
Pero como suele pasar con los imperios, siempre tienen un tiempo de auge y otro de declive. En 1985, casi cuarenta años después de su muerte, su empresa holding dirigida por sus hijos y nietos entró en números rojos, más tarde en una suspensión de pagos, con la siempre temida declaración de quiebra y el cierre de todas sus fábricas.

LA RICARDA SOBRE EL TERRENO
La casa Gomis se puede visitar y es una de las nietas de Eusebi Bertrand, Marita Gomis, quien conduce la «excursión». Marita se muestra como una mujer muy cercana, sus explicaciones sobre la arquitectura de la casa y la vida que se desarrollaba en ella, su vida al fin y al cabo, muestran motivación y entusiasmo, también algo de melancolía en algún momento. Lo que peor se lleva en la visita es el ruido de los aviones que despegan a pocos metros de nosotros, que hace que el discurso tenga que ser interrumpido cada dos por tres (esa es la gran maldición que ha caído sobre esa casa). En fin, Marita nos explica en la misma entrada de la Ricarda como era su entorno hace muchos muchos años. El delta del Llobregat fue, hasta los años 50s del XIX, una zona pantanosa e insalubre donde la vida era muy difícil, y el paludismo y el cólera castigaba a la población con cierta insistencia. Ese panorama tan desolador empieza a desaparecer entre 1873 y 1879, cuando se lleva a cabo una desamortización, y buena parte de las grandes propiedades pasaron a manos de inversores que vieron la oportunidad de aprovechar todo ese espacio que estaba en las puertas de Barcelona para sacarle algo de rendimiento.
El proceso de transformación de ese paisaje tan deprimente al paisaje agrario hasta el día de hoy sigue siendo, excepcional en la Europa urbana del siglo XXI, fue una obra de titanes por parte de familias trabajadoras y de hombres que aunque, sin formación ni recursos económicos, tenían talento y dominaban un oficio. Por supuesto, esta evolución del territorio tampoco hubiese sido posible sin inversores como Jaume Casanovas, uno de los grandes terratenientes de la zona, que contribuyó al descubrimiento de las aguas terciarias; o Ferran Puig, industrial del lino, importante inversor en la agricultura de la zona y que pagó el puente de hierro sobre el LLobregat. Y, por último, los Bertrand: Manuel Bertrand i Salas y su hijo Eusebi Bertrand i Serra, propietarios de La Ricarda.

LA RICARDA ENTRE LOS LATIDOS DE LOS GOMIS Y LOS DE ANTONIO BONET
La casa Gomis, más conocida como La Ricarda, en un principio se diseñó en 1953 por el arquitecto catalán Antonio Bonet en colaboración con los propietarios, Inés Bertrand Mata y Ricardo Gomis, aunque esta aventura arquitectónica no se terminó hasta 1963. El resultado fue lo que ya se considera como una de las Las joyas de la arquitectura racionalista catalana a nivel internacional. Bonet vivía en Argentina en aquel momento, por lo que dirigió el proyecto ‘a distancia’, cosa que hizo que fuese largo tanto en el terreno de la comunicación como en el de la construcción, que fue administrada por Emilio Bofill, padre de Ricardo Bofill.


La Ricarda, como no podría ser de otra manera por el lugar en el que se encuentra, se construye sobre dunas de arena y sobre una plataforma artificial. La estructura está compuesta por una serie de techos abovedados interconectados, al estilo de la tradicional «vuelta catalana», rasgo que caracteriza la arquitectura de Antonio Bonet y que se integra perfectamente dentro del paisaje mediterráneo. Es una casa de grandes dimensiones, horizontal, formada por diferentes pabellones unidos asimétricamente en una única planta. Aunque el espacio interior es muy abierto, las paredes interiores proporcionan separación y se detienen por debajo de la altura total, permitiendo que la luz se reparta por toda la casa. La mayoría de los muebles también fueron diseñados por el arquitecto y hechos a medida para la casa. Un sistema de ladrillos entrelazados cada uno lleno de vidrio de diferentes colores, forma una característica principal de la construcción y se puede ver en toda la casa ( no te imagines el juego de luces y de colores que aporta ese capricho, mejor ves a verlo y luego me cuentas).


Cuando Marita abre la puerta de la casa, entras en el vestíbulo y ahí das con la primera sorpresa porque te encuentras ante un patio descubierto en el que hay una especie de cascada de agua que va llenando la superficie a modo de estanque (apuntar que el patio funciona a modo de impluvio, diseñado para recoger agua de lluvia, a lo casa del antiguo imperio romano pero en moderno). Como puedes imaginar, la sensación de relax al entrar en la casa es infinita.


De ese vestíbulo parte un pasillo, un eje en que se encuentran un conjunto de dormitorios, como indica Marita, las habitaciones de los niños, cada una con baño propio y vestuario que queda abierto o cerrado, a gusto de cada uno, mediante un panel corredizo. No solo eso, cada habitación da a un patio exterior delimitado por una pared, que por fuera queda bonitamente cubierta por baldosas de cerámica esmaltada de color ámbar y por dentro de las risas de los niños que jugarían en él en su tiempo.


De vuelta al vestíbulo, siguiendo uno de los laterales del impluvio, una larga y luminosa pasarela de vidrio nos conduce, entre luz y vegetación, al dormitorio principal (en un inicio se había proyectado como un pabellón independiente). Las vistas del dormitorio principal son el jardín en todo su esplendor y, por supuesto, dispone de baño privado, vestidor y un larguísimo escritorio. En general da la sensación de que estaba diseñado como si fuese un estudio.


El salón conecta directamente con el vestíbulo. Dos grandes puertas lo separan y cuando entras en él ya no quieres volver a tu casa, porque es una maravilla de salón, enorme, amplio, decorado con gusto, con muebles preciosos, funcional, cómodo, agradable, bonito, elegante… podría seguir con adjetivos de ese estilo durante líneas y líneas pero me alargaría tanto… Desde el salón, que da al jardín, también se accede a un comedor donde luce una gran mesa y de ahí se accede a la cocina y las piezas que la rodean.
Parándome algo más en el salón, no es difícil imaginar lo que nos explica Marita que ocurría entre aquellas paredes del salón.

Cuenta que su padre, Ricardo Gomis, organizó allí mismo muchos eventos culturales, reuniones, conciertos, etc. Hay que tener en cuenta que en la posguerra la decadencia cultural y artística había sido más que significativa. Durante los últimos 15 años de la España de Franco, Ricardo Gomis decidió abrir su casa como refugio cultural para algunos artistas como Joan Miró, Antoni Tàpies, John Cage o Joan Brossa, entre otros. La idea era recuperar el espíritu de vanguardia nacido en la República y que logró desarrollar en un proyecto llamado CLUB49.


LA RICARDA Y SU FUTURO
La Ricarda sigue siendo propiedad de la familia Gomis, que intenta conservarla en su estado original en la medida que se puede. No facilita mucho esta tarea la expansión del aeropuerto, el clima marino tan húmedo que corroe muchos de los materiales de la que está hecha y el inevitable paso del tiempo. Aunque fue restaurada en 1997 por los arquitectos Fernando Álvarez Prozorovch y Jordi Roig, los trabajos fueron muy complejos y se centraron especialmente en la cubierta y en la carpintería, pero a día de hoy la casa necesitaría un buen repaso. A simple vista, los muebles, por ejemplo se ven bien, pero cuando te acercas, muchas de las piezas están muy desgastadas y el trabajo de restauración se intuye muy costoso.
Iconic Houses, una organización internacional que trabaja por la conservación obras de arquitectura moderna, cree que se debería establecer un diálogo entre las autoridades aeroportuarias y el municipio para proteger a la Ricarda. Por supuesto, la colaboración de arquitectos con la familia Gomis es otro factor que puede ser también de gran ayuda. Y el granito de arena que puedes aportar tu visitándola también debería servir de algo https://www.elprat.cat/turisme-i-territori/que-visitar/la-casa-gomis
La Ricarda es entre profunda y transparente, mágica por su luz y sus detalles, moderna por dentro y por fuera y, sobre todo, inteligente y elegante.

Una Catalan Square en Manchester

Si hay un enclave en Manchester en el que se encuentra esa esencia industrial, cultural y turística tan asociada también a Barcelona, es la Catalan Square, en Castlefield. Esta plaza está ubicada en una de las zonas más nuevas y emblemáticas de la ciudad, entre los arcos una línea férrea y la convergencia de los canales Bridgewater y Rochdale. Castlefield es un lugar tan interesante que merece un artículo por si mismo pero, para que os hagáis una idea, a modo de introducción, haré una descripción del sitio.

Igual que ocurre en el barrio del Raval en Barcelona, estamos ante una antigua zona industrial en la que previamente los romanos se habían establecido y habían construido su primera fortificación, a la que bautizaron con el nombre de Mamucium, ( todavía se conservan restos de ese fuerte y de un granero de la época). Los habitantes de Castlefield pueden presumir de tener el primer canal industrial que se construyó en Manchester y la estación donde finalizaba la primera línea de ferrocarril de pasajeros del mundo (Liverpool-Manchester). Es un lugar donde la huella de la industrialización marca la mayor parte de sus calles y el curso de los canales condicionan la distribución de un terreno en el que es fácil imaginar como podría ser en el pasado, digamos que una especie de maraña de fábricas, carreteras, vías de ferrocarril y canales (todo muy anárquico en general). Con el paso de los años y con las crisis que azotaron Inglaterra, igual que pasó en Hulme (ver artículos anteriores), la zona se fue degradando y no fue hasta los 80´s del siglo pasado que Castlefield empezó a reurbanizarse de nuevo. A día de hoy, también encontrareis canales, puentes y fábricas destinadas a otros usos, pero dentro un paisaje ordenado en el que conviven en armonía rascacielos resplandecientes y modernísimos, como la Torre Hilton, con edificios de ladrillos, como el Museum of Science and Industry (MOSI), y alguna que otra pradera o auditorio al aire libre donde la gente sale a tomar el sol o a disfrutar de conciertos. En la actualidad, Castlefield es uno de los lugares más turísticos de Manchester.

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Catalan Square y sus cosas

Merchants Bridge, inspirado en un puente de Ripoll
Para empezar, lo más llamativo si tienes que llegar a la Catalan Square es que has de atravesar un espectacular puente curvado de acero blanco, el Merchants Bridge debajo del cual se mueven las aguas del canal principal. Ya de por si, el color blanco del puente, contrasta sin ningún tipo de pudor con el color rojo de los ladrillos de los edificios que lo envuelven, así que es imposible no encontrarlo si visitas la zona, digamos que salta a la vista. Por otro lado, este puente es uno de los símbolos de esa renovación de Castlefield de la que hablaba líneas más arriba y es una de las mejores obras de ingeniería y de diseño de la ciudad.

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El diseñador de esta maravilla es Whitby Bird, que se inspiró en la Pasarela La Devesa, que cruza el río Ter a la altura de Ripoll, un puente que fue diseñado por Santiago Calatrava. Encuentro que esta inspiración tiene sentido si se tiene en cuenta que de lado a lado del río Ter se levantaron varias colonias durante la industrialización catalana.
El sentido de una Catalan Square en Manchester.

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Un nombre simbolizando un agradecimiento
La existencia de esta plaza en Manchester es cuanto menos curiosa y su creación es relativamente reciente. La Catalan Square, debe su nombre a la colaboración que el comité organizador de las olimpiadas de Barcelona 92, tuvo con los ingleses a la hora de llevar a cabo los Juegos de la Comentwelth de 2002. La autoridades de Manchester, como agradecimiento a los consejos de los catalanes, decidieron poner el nombre de Catalan Square a este enclave de la ciudad.

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Manchester y Barcelona, esas ciudades hermanas

Otro dato es que en 1995 se celebró el Catalan Art Festival, una iniciativa para celebrar el hermanamiento entre las ciudades de Manchester y Barcelona, unidas especialmente por ese mas que destacable pasado industrial. Catalan Square, es el epicentro de esta celebración y el sello lo pone la escultora Maria Àngels Domingo Laplana, conocida como Madola, que presentó su escultura «Mediterrània«. La obra es una pieza circular, mide unos 6 metros de diámetro, y está cubierta por unos esmaltes amarillos de diferentes tonos con inscripciones en inglés en catalán. La pieza representa un sol como fuente de vida del Mediterráneo, pero sin olvidar la relación que también existe entre el astro, el agua y la industria (elementos comunes a las dos ciudades y que han contribuido su desarrollo y progreso). Esta escultura la podéis encontrar a mano derecha una vez se pasa el Merchants Bridge y casi enfrente del Barça Bar.

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El Barça Bar o el capricho del cantante de Simply Red

Más datos. En Catalan Square se encuentra el Barça Bar, ubicado justo debajo de las vías del tren y que cuenta con una terraza que tiene unas magníficas vistas al cruce del canal Bridgewater con el canal Rochdale y no, el dueño no es Pep Guardiola. La historia de este local la inicia Mick Hucknal, cantante de Simply Red, su primer propietario y ahora lo lleva Anthony Sheridan, que ha reformado el local convirtiéndolo en uno de los bares restaurants más fashion de Manchester. El Barça bar de Mick Hucknal era en sus inicios un lugar de homenaje al club de fútbol catalán y un intento de trasladar el ambiente de tapeo barcelonés a Manchester. Por lo visto, el cantante, ferviente seguidor del Manchester United, en una visita a Barcelona, quedó prendado de la ciudad, fue a ver un partido del Barça y al regresar a Manchester decidió montar su pequeña ciudad condal a modo de pub. Su actual propietario ha optado por darle al local un aire más moderno pero manteniendo el nombre y la vinculación con el fútbol ( Los culés que viven en Manchester suelen ver los partidos del Barça en alguna de las pantallas de televisión que hay repartidas por el bar).

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Lo cierto es que la Catalan Square, se ha impregnado del espíritu de Barcelona y se ha convertido en un verdadero imán para turistas y vecinos, especialmente durante los meses de verano en los que pueden tostarse un poco los días que hace sol tomando una cervecita o disfrutar de conciertos de música en vivo. Cambia que en lugar de tener el mar delante tienes los canales y no verás gigantestos barcos de cruceros ni golondrinas pero sí que, en cambio, verás embarcaciones bien curiosas navegando en sus aguas.

Links que os podrían interesar:

http://barca-manchester.co.uk/

https://www.madola.com/