LA CASA GOMIS / LA RICARDA, UN DESTINO EXÓTICO EN LAS PUERTAS DE UN AEROPUERTO

 

Frente a un mar que no se ve pero se siente, muy cercana a la playa del Prat de LLobregat, camuflada discretamente en un bosque de pinos, se levanta La Ricarda/Casa Gomis, uno de los mejores ejemplos de arquitectura racionalista y paisajista de este mundo y, probablemente, de los otros. Antonio Bonet es el arquitecto que diseñó la casa, un espacio integrado con su propio entorno, y con vistas a la serenidad de un jardín con piscina. Afortunados fueron los que la habitaron, que fueron los descendientes de uno de los industriales catalanes más importante de todos los tiempos, Eusebi Bertrand. El lazo de todo esto con mi Manchester es mínimo pero destacable desde el punto de vista de la industrialización, ya que Eusebi fue considerado en 1935 como el primer industrial algodonero del mundo, según el prestigioso boletín de la Federation of Master Cotton Spinners Association de Manchester. Así que antes de hablar de la Ricarda, como objeto de destino a visitar, obra de arte, y, en mi caso también de deseo, me apetece saber porqué los mancunianos se fijaron en este hombre.

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EUSEBI BERTRAND, UN REFERENTE PARA LOS INDUSTRIALES DE MANCHESTER
Dando rienda suelta a mi curiosidad, me lío a buscar información sobre Eusebi Bertrand y descubro que pertenece a la quinta generación de una saga de empresarios que controlaba desde fábricas de hilado y tejidos, hasta explotaciones agrícolas y líneas de ferrocarriles de carga. Fue su padre, Manuel Bertrand, quien compró en 1901 la finca de la Ricarda, un total de 350 ha, con estanque incluido, y que acabó convirtiendo en una explotación moderna construyendo, en primer lugar una vaquería que proveyó por un tiempo el mercado lechero de Barcelona. La vaquería se fue ampliando con la construcción de las viviendas para sus empleados, instalaciones agrícolas y para el ganado, y una casa para la familia de estilo noucentista. Manuel, a parte de tener buen ojo para los negocios, tenía muy buena suerte. Digo esto porque por lo visto la fortuna que hizo fue, en parte, gracias a las fábricas que tenía la familia de su mujer, Flora Serra, ya que él había roto relaciones con su propia familia. Afortunadamente los Serra le acogieron sin problemas y le hicieron socio de sus negocios (supongo que el hecho de que Manuel era hijo de algodoneros también influiría en la decisión).
Manuel y Flora fundaron la fábrica El Remei de Manresa, reorganizaron el proceso productivo y dejaron en manos de su hijo Eusebi Bertrand i Serra, una empresa próspera y con futuro. Si Manuel había hecho un buen matrimonio casándose con una rica heredera, Eusebi no iba a ser menos y lo hace con la sobrina de uno de los importadores de algodón más importantes del país, Alfred Mata Pons. No les faltaría ni algodón, ni tampoco carbón, ya que Eusebi era accionista y vicepresidente de la empresa carbonífera más importante de Catalunya, Carbones de Berga S.A. (Hay que tener en cuenta que todas las fábricas de hilados y tejidos de algodón del grupo Bertrand funcionaban con máquinas de vapor, por lo tanto necesitaban carbón, y, lógicamente, a ellos les salía mejor de precio). Pero Eusebi no solo se conformó con su vida empresarial, también tuvo incursiones en el mundo de la política, fue uno de los fundadores de la LLiga Regionalista y entre 1907 y 1923 llegó a ser diputado a las Cortes por Puigcerdá. Tras la muerte de su padre, se convirtió en dueño único del negocio familiar e inició una política de expansión con la compra, en 1913, de la fábrica más antigua de estampado de tejidos de Barcelona, Felip Ricart, con lo que logró duplicar la capacidad de estampado de su grupo y amplió los telares del Remei de Manresa, también de su propiedad. En 1933 Eusebi fue nombrado primer industrial algodonero del mundo – tenía fábricas de hilados y tejidos de algodón, de blanqueo, de estampados, de tinte y acabados – por la Federation of Master Cotton Spinners Association de Manchester. Por aquel entonces en sus fábricas trabajaban dos mil doscientas personas que producían tres millones seiscientos mil kilos de hilo y quince millones de metros de tejidos cada año. En realidad había empresas más grandes que las suyas pero no de un solo propietario como era su caso.
Claramente, lo de este hombre era un «no parar». Paralelamente a sus éxitos empresariales, Eusebi fue aumentando su participación en la sociedad civil y el mundo del deporte del motor. Pilotó en el mítico rally Barcelona-París de 1923, se convirtió en fundador del Automóvil Club de Catalunya y representante de marcas como Berliet, Bugatti o Minerva. Y, a parte de todo esto, era un hombre con inquietudes culturales muy amplias, era culto, amante de la música, tocaba el violonchelo, fue presidente honorario de la junta directiva del Gran Teatre del Liceu e impulsor de la Orquesta Sinfónica y de la Associació de Música de Cambra de Barcelona.
Pero como suele pasar con los imperios, siempre tienen un tiempo de auge y otro de declive. En 1985, casi cuarenta años después de su muerte, su empresa holding dirigida por sus hijos y nietos entró en números rojos, más tarde en una suspensión de pagos, con la siempre temida declaración de quiebra y el cierre de todas sus fábricas.

LA RICARDA SOBRE EL TERRENO
La casa Gomis se puede visitar y es una de las nietas de Eusebi Bertrand, Marita Gomis, quien conduce la «excursión». Marita se muestra como una mujer muy cercana, sus explicaciones sobre la arquitectura de la casa y la vida que se desarrollaba en ella, su vida al fin y al cabo, muestran motivación y entusiasmo, también algo de melancolía en algún momento. Lo que peor se lleva en la visita es el ruido de los aviones que despegan a pocos metros de nosotros, que hace que el discurso tenga que ser interrumpido cada dos por tres (esa es la gran maldición que ha caído sobre esa casa). En fin, Marita nos explica en la misma entrada de la Ricarda como era su entorno hace muchos muchos años. El delta del Llobregat fue, hasta los años 50s del XIX, una zona pantanosa e insalubre donde la vida era muy difícil, y el paludismo y el cólera castigaba a la población con cierta insistencia. Ese panorama tan desolador empieza a desaparecer entre 1873 y 1879, cuando se lleva a cabo una desamortización, y buena parte de las grandes propiedades pasaron a manos de inversores que vieron la oportunidad de aprovechar todo ese espacio que estaba en las puertas de Barcelona para sacarle algo de rendimiento.
El proceso de transformación de ese paisaje tan deprimente al paisaje agrario hasta el día de hoy sigue siendo, excepcional en la Europa urbana del siglo XXI, fue una obra de titanes por parte de familias trabajadoras y de hombres que aunque, sin formación ni recursos económicos, tenían talento y dominaban un oficio. Por supuesto, esta evolución del territorio tampoco hubiese sido posible sin inversores como Jaume Casanovas, uno de los grandes terratenientes de la zona, que contribuyó al descubrimiento de las aguas terciarias; o Ferran Puig, industrial del lino, importante inversor en la agricultura de la zona y que pagó el puente de hierro sobre el LLobregat. Y, por último, los Bertrand: Manuel Bertrand i Salas y su hijo Eusebi Bertrand i Serra, propietarios de La Ricarda.

LA RICARDA ENTRE LOS LATIDOS DE LOS GOMIS Y LOS DE ANTONIO BONET
La casa Gomis, más conocida como La Ricarda, en un principio se diseñó en 1953 por el arquitecto catalán Antonio Bonet en colaboración con los propietarios, Inés Bertrand Mata y Ricardo Gomis, aunque esta aventura arquitectónica no se terminó hasta 1963. El resultado fue lo que ya se considera como una de las Las joyas de la arquitectura racionalista catalana a nivel internacional. Bonet vivía en Argentina en aquel momento, por lo que dirigió el proyecto ‘a distancia’, cosa que hizo que fuese largo tanto en el terreno de la comunicación como en el de la construcción, que fue administrada por Emilio Bofill, padre de Ricardo Bofill.


La Ricarda, como no podría ser de otra manera por el lugar en el que se encuentra, se construye sobre dunas de arena y sobre una plataforma artificial. La estructura está compuesta por una serie de techos abovedados interconectados, al estilo de la tradicional «vuelta catalana», rasgo que caracteriza la arquitectura de Antonio Bonet y que se integra perfectamente dentro del paisaje mediterráneo. Es una casa de grandes dimensiones, horizontal, formada por diferentes pabellones unidos asimétricamente en una única planta. Aunque el espacio interior es muy abierto, las paredes interiores proporcionan separación y se detienen por debajo de la altura total, permitiendo que la luz se reparta por toda la casa. La mayoría de los muebles también fueron diseñados por el arquitecto y hechos a medida para la casa. Un sistema de ladrillos entrelazados cada uno lleno de vidrio de diferentes colores, forma una característica principal de la construcción y se puede ver en toda la casa ( no te imagines el juego de luces y de colores que aporta ese capricho, mejor ves a verlo y luego me cuentas).


Cuando Marita abre la puerta de la casa, entras en el vestíbulo y ahí das con la primera sorpresa porque te encuentras ante un patio descubierto en el que hay una especie de cascada de agua que va llenando la superficie a modo de estanque (apuntar que el patio funciona a modo de impluvio, diseñado para recoger agua de lluvia, a lo casa del antiguo imperio romano pero en moderno). Como puedes imaginar, la sensación de relax al entrar en la casa es infinita.


De ese vestíbulo parte un pasillo, un eje en que se encuentran un conjunto de dormitorios, como indica Marita, las habitaciones de los niños, cada una con baño propio y vestuario que queda abierto o cerrado, a gusto de cada uno, mediante un panel corredizo. No solo eso, cada habitación da a un patio exterior delimitado por una pared, que por fuera queda bonitamente cubierta por baldosas de cerámica esmaltada de color ámbar y por dentro de las risas de los niños que jugarían en él en su tiempo.


De vuelta al vestíbulo, siguiendo uno de los laterales del impluvio, una larga y luminosa pasarela de vidrio nos conduce, entre luz y vegetación, al dormitorio principal (en un inicio se había proyectado como un pabellón independiente). Las vistas del dormitorio principal son el jardín en todo su esplendor y, por supuesto, dispone de baño privado, vestidor y un larguísimo escritorio. En general da la sensación de que estaba diseñado como si fuese un estudio.


El salón conecta directamente con el vestíbulo. Dos grandes puertas lo separan y cuando entras en él ya no quieres volver a tu casa, porque es una maravilla de salón, enorme, amplio, decorado con gusto, con muebles preciosos, funcional, cómodo, agradable, bonito, elegante… podría seguir con adjetivos de ese estilo durante líneas y líneas pero me alargaría tanto… Desde el salón, que da al jardín, también se accede a un comedor donde luce una gran mesa y de ahí se accede a la cocina y las piezas que la rodean.
Parándome algo más en el salón, no es difícil imaginar lo que nos explica Marita que ocurría entre aquellas paredes del salón.

Cuenta que su padre, Ricardo Gomis, organizó allí mismo muchos eventos culturales, reuniones, conciertos, etc. Hay que tener en cuenta que en la posguerra la decadencia cultural y artística había sido más que significativa. Durante los últimos 15 años de la España de Franco, Ricardo Gomis decidió abrir su casa como refugio cultural para algunos artistas como Joan Miró, Antoni Tàpies, John Cage o Joan Brossa, entre otros. La idea era recuperar el espíritu de vanguardia nacido en la República y que logró desarrollar en un proyecto llamado CLUB49.


LA RICARDA Y SU FUTURO
La Ricarda sigue siendo propiedad de la familia Gomis, que intenta conservarla en su estado original en la medida que se puede. No facilita mucho esta tarea la expansión del aeropuerto, el clima marino tan húmedo que corroe muchos de los materiales de la que está hecha y el inevitable paso del tiempo. Aunque fue restaurada en 1997 por los arquitectos Fernando Álvarez Prozorovch y Jordi Roig, los trabajos fueron muy complejos y se centraron especialmente en la cubierta y en la carpintería, pero a día de hoy la casa necesitaría un buen repaso. A simple vista, los muebles, por ejemplo se ven bien, pero cuando te acercas, muchas de las piezas están muy desgastadas y el trabajo de restauración se intuye muy costoso.
Iconic Houses, una organización internacional que trabaja por la conservación obras de arquitectura moderna, cree que se debería establecer un diálogo entre las autoridades aeroportuarias y el municipio para proteger a la Ricarda. Por supuesto, la colaboración de arquitectos con la familia Gomis es otro factor que puede ser también de gran ayuda. Y el granito de arena que puedes aportar tu visitándola también debería servir de algo https://www.elprat.cat/turisme-i-territori/que-visitar/la-casa-gomis
La Ricarda es entre profunda y transparente, mágica por su luz y sus detalles, moderna por dentro y por fuera y, sobre todo, inteligente y elegante.

Casa Bloc 1/11

Llevo años pasando por entre las columnas sobre las que se alza la Casa Bloc y hoy he decidido que, por un rato, sean esas columnas las que queden bajo mis pies. Contacto con el Museu del Disseny y contrato una visita guiada para que me cuenten/enseñen la historia del edificio. A mi objetivo se suma visitar el piso-museo (planta 1 puerta 11) y sacar alguna foto en formato Polaroid, que creo que es un formato de imagen que le pega bastante.

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Millones de personas han pasado por delante de este edificio y con toda probabilidad no habrán reparado en él, excepto si uno es un apasionado de la arquitectura racionalista, o es un buen observador del entorno y nota ese «algo» que le hace parar y mirar la construcción desde varias perspectivas.

La Casa Bloc es uno de los máximos exponentes del racionalismo catalán y ha sido declarada Bien de Interés Cultural en categoría de Monumento, pero nadie lo diría porque se sale de esa línea de la arquitectura «modernista colorista» a la que nos tiene acostumbrada esta ciudad. Esto hace que la Casa Bloc sea un lugar absolutamente desconocido para el turista y también para una gran parte de la población (Lo bueno es que delante de ella no encuentras a cientos de personas peleando por hacer fotos, ni aparece en postales, ni tampoco esculpida en imanes para neveras a modo de souvenir). Eso sí, para encariñarte con ella, en el caso de que no entiendas de arquitectura, la tienes que ver desde un punto de vista funcional, tienes que documentarte un poquito antes de visitarla, retroceder a los primeros años de la Segunda República, y entrar en el cerebro de unos arquitectos que soñaban con una nueva propuesta de vida moderna, al mas puro estilo de una «comuna», para una clase trabajadora castigada por todos lados. Muy comunista todo en si.

La Casa Bloc a simple vista es un gigante de hormigón con forma de S que esconde un esqueleto de metal y que puedes encontrar en el Passeig Torras i Bages, en el distrito de Sant Andreu de Barcelona. Como apunte histórico sobre su ubicación, antes de su construcción y hasta 1880, Sant Andreu era un pueblo repleto de campos regados por el rec comtal y que prácticamente tenía como actividad económica la venta de frutas y verduras a la «metrópolis». La revolución industrial cambió el paisaje de esta zona, se abrieron fábricas como la Fabra i Coats, la Maquinista o la Hispano Suiza, y los campos pasaron a ser ocupados por industrias llenas de trabajadores que malvivían tanto a nivel de vivienda, higiene y condiciones laborales. Barcelona se había convertido en el nuevo Manchester de la época y, como consecuencia, también las necesidades de la población cambiaron. Hoy la casa Bloc se levanta sobre lo que previamente habían sido esos campos de cultivo y los terrenos que rodeaban una de sus fábricas.

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Foto archivo Ajuntament de Barcelona/ Museu del disseny

La ruptura con el orden establecido, una nueva visión de la vivienda social en Barcelona.

La Casa Bloc fue construida entre 1932 y 1939 por los arquitectos Josep Lluís Sert (1902-1983), Josep Torres Clavé (1906-1939) y Joan Baptista Subirana (1904-1978, integrantes del GATCPAC(Grupo de Arquitectos y Técnicos Catalanes para el Progreso de la Arquitectura Contemporánea) y, como he dicho, se considera un símbolo de la arquitectura racionalista en Barcelona. La obra fue concebida para dar respuesta a ese crecimiento demográfico y de mano de obra de principios del siglo XX, que había traído consigo la industrialización y que, al inicio de la Segunda República sufría el azote del paro y la falta de vivienda asequible.
Para Sert, Torres y Subirana, idear la Casa Bloc representó nueva forma de pensar la vivienda, una oportunidad para dignificar la vida de los trabajadores, la mayoría de ellos subsistiendo en barracas (Según el Libro «Casa Bloc» de Mudito & Co, en Barcelona, por aquellos años, vivían 50.000 personas afinadas en barracas, cosa que hizo que la prensa local la bautizase como Barracópolis). Vinculados a ideas progresista y al republicanismo de la época, plantearon en clave local los proyectos que por aquel entonces, a nivel internacional, estaban rompiendo con la vieja tradición y apostaban por dar nuevas soluciones a la población. Estamos en los inicios de los 30 y la propuesta de la Casa Bloc era una idea que nada tenía que ver con los edificios de carácter social que hasta entonces se habían construido en la ciudad.

Otro germen de inspiración para levantar la Casa Bloc viene del Grupo de Viviendas Obreras que se construyeron en 1932, una especie de adosados unifamiliares de 70m² distribuidos en dos plantas más jardín. De hecho, la Casa Bloc vendría a ser tres de estos adosados a modo de pisos duplex, uno encima de otro, cosa que permite alojar a mas familias. El resultado fue la construcción 207 viviendas abiertas al exterior, bien ventiladas, higiénicas y con una buena luz natural debido a sus diferentes orientaciones. Dichas viviendas se repartieron entre cinco edificios que formaban una S, y disponían de dos grandes jardines y espacios comunitarios que facilitaban la interelación entre vecinos. La idea era que los vecinos también se beneficiasen de servicios como guardería, espacios para practicar deporte, una escuela, una biblioteca, espacios de juego para niños, etc. Los edificios están conectados por cuatro cajas de escaleras por las que se puede acceder a las viviendas a través de corredores, un claro guiño a la arquitectura racionalista centroeuropea del momento y a la corriente de la Bauhaus y a Le Courbusier como uno de los grandes referentes.

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Para Sert, Torres i Subirana, también era más importante la función que ofrecían las obras que no su forma. Otra de las características que ofrece la Casa Bloc es que estos bloques se alzan sobre pilares, algo que libera la planta baja y facilita la circulación de gente entre los edificios y el paso entre las zonas verdes.
La primera piedra de este proyecto tan utópico, la colocó Francesc Macià en marzo de 1933 pero cuando la obra casi estaba terminada tuvo que paralizarse por el estallido de la Guerra Civil.

La Casa Bloc de postguerra y su bloque fantasma

La Casa Bloc queda acabada al finalizar la Guerra Civil, el régimen franquista se encarga de hacerlo, al igual que de llenarla, no con gente desfavorecida, tal como había sido el propósito inicial de su existencia, sino con familias de militares, huérfanos y viudas de guerra. Años después se decide ampliarla con mas familias, esta vez, las de los policías nacionales. Para esto último se construyó un nuevo edificio que cerraba una de las plazas y al que se le conoció popularmente en el barrio como el Bloque fantasma. No siendo esto suficiente y, para acabar de desordenar más el proyecto, no se les ocurrió otra cosa que construir en el interior de esa misma plaza, unas caballerizas destinadas para la policía armada (Supongo que a partir de ese momento los vecinos optarían por mantener sus ventanas cerradas, puesto que ventilar la vivienda podría resultar una experiencia cuanto menos desagradable). Total, que las tres premisas fundamentales sobre las que reposaba la Casa Bloc, luz, ventilación e higiene, se las liquidaron de un plumazo.

Si algo caracterizó los siguientes años de la Casa Bloc fue la dejadez a la que fue sometida y la falta de mantenimiento de los edificios, un deterioro claramente visible que fue resolviéndose primero en 1986, cuando echaron abajo las dichosas caballerizas, recuperando así el patio interior, e iniciando a principio de los 90’s las obras de enjardinado. Durante esos años fue declarada Bien de Interés Cultural y en 1997 el Instituto Catalán del Suelo, la Diputación de Barcelona y el Ayuntamiento de la ciudad firman un acuerdo para rehabilitarla, trabajos que se llevaron a cabo por los arquitectos Víctor Seguí y Marc Seguí, y que finalizaron en 2008 con la demolición de aquel terrible Bloque Fantasma (Todavía se puede distinguir su huella en el suelo).

El piso-museo, viaje a los años 30

Si uno de mis caprichos era entrar en el piso-museo, aquí me encuentro, frente a su puerta, a mi espalda un largo pasillo en el se adivinan una serie de huecos dispuestos ordenadamente y en los que se esconden las entradas de las viviendas, a mi derecha, un aún más largo corredor con, además, plantas y ropa tendida que sobresale tras las barandas.

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Estoy en la primera planta, puerta 11, del bloque 2. El piso-museo de la Casa Bloc es uno de los duplex mas pequeños de la finca, mide 60 m2, comunica la fachada interior con la exterior y tiene dos habitaciones, a diferencia de los otros, que tienen tres o cuatro dependiendo del número de personas que lo habitan. De distribución diáfana, en la planta baja encuentras la entrada con un pequeño pasillo en el se distribuye el lavabo, un lavadero con ducha y la cocina, y que desemboca en un salón-comedor con salida a la terraza, que está orientada hacia el este.

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En la planta superior se sitúan los dos dormitorios, ambos con ventanas, igual que las piezas de la planta baja, cosa que favorece la ventilación. De esta manera, queda claramente divido el espacio público del privado o, si se prefiere, un espacio de día y otro de noche. Una sencilla escalera, austera como la que mas, vestida de escalones de tipo italiano y perfilada con una barandilla de hierro pintada de color azul hace las funciones de distribuidor entre las dos plantas. La verdad es que encuentro que tiene cierto encanto y, aunque son pocos metros, no da sensación de agobio.

Nos explican que los artífices de la restauración de la vivienda es El Instituto de Cultura de Barcelona a través de Disseny Hub Barcelona y el INCASÒL y los encargados de este proyecto de musealización fueron Marta Montmany, Rossend Casanova y Víctor y Marc Seguí. Los trabajos de musealización del piso han ido desde retirar elementos que con el tiempo los diferentes inquilinos han ido añadiendo, hasta restaurarlo instalando una cocina de la época, recuperar los pavimentos hidráulicos originales de color gris y el color de las paredes, o poniendo las puertas plegables del balcón que fueron extraídas de otra vivienda de la Casa Bloc.

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Las griferías, los tubos de cobre o los interruptores, son todos originales de los años 30. Incluso las lámparas, cuando las enciendes dan esa luz pobre, tenue y amarillenta, propia de la época.

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En cuanto al mobiliario que se ha usado para ambientar el piso, se ha planteado de acuerdo con el ideario del GATCPAC, basado en la practicidad y la simplicidad. La verdad es que al entrar en la vivienda no encuentras muchos muebles, pero lo primero que ves es una mesa de comedor, eso sí, diseñada por el arquitecto húngaro Marcel Breuer, uno de los maestros del movimiento moderno. El salón comedor se completa con unas sillas B 751, una lámpara de globo y un bufet, todos ellos elementos que utilizaban habitualmente los miembros del GATCPAC en los años 30. Los elementos principales de la cocina, tales como el azulejo, el fogón, la pica y la fresquera, han sido restaurados con las piezas originales recuperadas de una vivienda en desuso. Además, se ha colocado una cocina económica de los años 30, fabricada en Barcelona por José Mingrat. Elementos a destacar en el balcón, las tres persiana enrollables que regulan la entrada directa de los rayos del sol y unas preciosas y prácticas puertas plegables de cristal y madera pintada de blanco que me encantaron. El toque de color, sin duda, el calabaza de las barandillas del balcón.

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La Casa Bloc hoy

Afortunadamente, hoy en día, la Casa Bloc cumple con su función inicial de viviendas sociales al servicio de los mas necesitados, por un lado acoge a personas y familias en riesgo de exclusión social y, por otro lado, a refugiados de diferentes procedencias que huyen de los conflictos de sus países y que están alojados en lo que fue la antigua residencia de viudas y huérfanos del Ejército.
El hecho de que el edificio esté catalogado como monumento arquitectónico, hace que esté constantemente supervisado y no está permitido hacer cambios estructurales.

Podéis visitar el piso-museo de la Casa Bloc los sábados a las 11 de la mañana contactando con el Museu del Disseny o con El Globus Vermell, un colectivo de arquitectos que están instalados en la Nau Ivanow, y que compaginan su propio trabajo de proyectistas con la investigación, la docencia universitaria, la gestión cultural y la divulgación sobre la arquitectura y la ciudad.

Sinceramente, una visita ultrarecomendable, que te hará descubrir esa otra Barcelona que está fuera de los circuitos turísticos.