El Vapor de Tallers, el sueño británico de un empresario catalán

Consciente de que a simple vista la calle Tallers parece no tiene mayor interés que el de encontrar algún vinilo en una de las pocas tiendas de discos que sorprendentemente aún quedan en esta ciudad, comprar algo de ropa vintage/gótica/punk o tomar alguna copa en el Neverland, me arriesgo a sumarle algo más de interés y revelar la huella industrial/mancuniana que tuvo en el pasado. Nadie lo diría y por más que busquéis por allí no vais a encontrar placa, chimenea o monumento que recuerde que justo allí se instaló la primera fábrica de vapor de la península.

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Foto de 1856. Restos del antiguo baluarte de la calle Tallers y donde se ubicó el Vapor Bonaplata

El porqué del Vapor en Barcelona

No podría explicar esta historia si no me teletransportase a los años entre 1830 y 1844, en los que sonaba un nombre, el Vapor Bonaplata. Era un momento en el que Catalunya estaba centrada en tirar adelante un importante proceso de modernización industrial, sobre todo en el sector del textil. Hasta el momento, las máquinas que se estaban usando eran la Spinning-Jenny (más conocida aquí como la «Berguedana») y la Mulle-Jenny, unas monadas de máquinas hiladoras de la época y que eran la evolución de la «Jenny», inventada en Stanhill en 1764 por James Hargreaves, y que debe su nombre a la hija de este señor inglés.

Fueron unos años en los que, por ejemplo, nació el movimiento obrero moderno, igual que había pasado con anterioridad en Inglaterra, y se produjo el auge de las pequeñas y medianas empresas textiles. Los catalanes estaban levantando cabeza tras una crisis de más de 20 años y los empresarios veían la necesidad de modernizar sus equipos productivos para poder prosperar. En el textil, se empezaron a mecanizar las hiladoras y las energías tradicionales de tracción animal fueron sustituidas por las que producían la rueda hidráulica y la máquina de vapor. VAPOR! esa era la palabra mágica.

Hasta que el vapor llegó a Barcelona, la ciudad no podía plantearse tener una una industria propia de cierta relevancia. De hecho, en los únicos lugares donde hasta el momento la industrialización tenía posibilidades de desarrollo era en las zonas fluviales, y eso en el caso de que hubiesen saltos de agua en los que su volumen fuese suficiente potente para generar energía, como ocurría en las cuencas del río Ter o del Llobregat. Este no era el caso de Barcelona. La otra alternativa que había para la creación de energía era el vapor, que además tenía la ventaja de poder instalarse en cualquier lugar. La primera industria textil catalana que funcionó por la fuerza del vapor se instala en esta ciudad en 1832 con ayuda de ingenieros ingleses, en la calle Tallers, se llama el Vapor Bonaplata, y presume de ser la primera de Catalunya y el Estado Español y una de las primeras de Europa. Esta es su historia.

Los Bonaplata

La máquina de vapor llegó a Barcelona de la mano de los Bonaplata, una familia de empresarios que llevaba vinculada al textil desde hacía décadas. Los hermanos Ramón y Gabriel Bonaplata eran fabricantes de indianas desde 1803 y posteriormente tuvieron talleres de estampación en las calles Sant Pere Més baix 10 y Montcada 12. Pero fue uno de los hijos de Ramón, Josep Bonaplata, el que, con el apoyo de sus hermanos y asociándose con otros fabricantes, puso en marcha el motor de la industria moderna.

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Josep Bonaplata

Josep Bonaplata nace en Barcelona en 1795 y tanto su infancia como la de sus hermanos está marcada por la decadencia de la manufactura de las indianas que la familia lleva en la calle Sant Pere Més Baix. Eran unos años en los que Europa intentaba sobrevivir a las guerras napoleónicas y los barcos mercantes españoles a los galeones británicos para no ser hundidos, por lo tanto, no era muy rentable comprar tejidos estampados a los Bonaplata para revenderlos en las colonias americanas ya que probablemente no llegarían a su destino. El comercio estaba en crisis. Por si fuera poco, las tropas napoleónicas, con la excusa de atacar Portugal, cruzan los Pirineos, se pasan por Barcelona, toman la Ciutadella así a lo «por que yo lo valgo» ante la mirada atónita del ejército español que no es capaz de reaccionar. Y puestos a arrasar, los franceses toman también las Drassanes, Montjuic y todo lo que se les pone por delante. Ante tanta indefensión, la población de la ciudad se alza y el resultado es el de miles de catalanes muriendo torturados dentro de las mazmorras.

Con la ciudad ocupada, el negocio de los Bonaplata acaba convirtiéndose en un edificio abandonado. Barcelona aguanta las tropas napoleónicas hasta 1814, cuando éstas, tras destrozos varios, deciden abandonar la ciudad. A este período seguirá lo que podría denominarse como el regreso a la Edad Media gracias a la monarquía absoluta de Fernando VII, que lo primero que hace es cerrar fronteras. En fin, los catalanes necesitaban recuperar la normalidad y la lucha por conseguirla se iniciaría a través de la actividad comercial, que es lo que mejor sabían hacer.

Los Bonaplata siguen apostando por la fabricación de indianas como negocio de futuro y se centran en recuperar su negocio estampando artesanalmente los tejidos de algodón, trabajando a la clientela, reutilizando antiguos moldes, invirtiendo en tintes nuevos, contratando trabajadores y dibujantes para hacer nuevos diseños, etc. El negocio resucita y al poco tiempo tienen que ampliarlo comprando las casas colindantes para poder hacer frente al volumen de pedidos que les hacen, sobre todo para exportar a Montevideo y Santiago de Cuba. Lo mejor es que los Bonaplata no son los únicos empresarios de Barcelona que han podido levantar su negocio, según el gremio, la industria de las indianas se estaba recuperando y se estaban creando miles de puestos de trabajo.

Josep Bonaplata y Joan Vilaregut o cuando Alicia empezó a perseguir a Nivens McTwisp

Dentro de ese contexto de crecimiento económico, Josep Bonaplata vive dos momentos que marcarán sus futuras decisiones, la jubilación de su padre y la aparición de un viejo amigo, Joan Vilaregut. Joan también era hijo de un fabricante de indianas, pero respondía a un perfil más «arriesgado» que el de Josep, ya que había pasado un tiempo visitando otros países bien fuese como revolucionario en México o como exiliado en Londres, donde tuvo la oportunidad de ver como la industria inglesa había conseguido llenar los mercados de todo el mundo con productos de calidad y a unos precios muy bajos. Las fábricas británicas disfrutaban de muchos factores que las beneficiaban, por un lado se alimentaban de materias primas que llegaban de sus propias colonias y, por otro lado, Inglaterra tenía una flota mercante que surcaba regularmente los océanos introduciendo todos sus productos a través de ciudades portuarias, cosa que no daba respiro al resto de economías de Europa. En Catalunya la situación económica que se vivía en aquellos momentos no facilitaba la instalación de ese modelo de mercado.

Joan Vilaregut, consideraba que la industria catalana no avanzaría si solo se centraba en hacer mejoras puntuales y si no orientaba su mentalidad hacia la rentabilidad, a parte de invertir en el uso del hierro, que es el material que podría desarrollar motores capaces de repetir procesos a más velocidad y con más precisión que las máquinas de madera. Joan tiene otra imagen en su cabeza, la que ha traído de Inglaterra, la de las fábricas con una chimenea instalada siempre junto a una sala aislada, lugar donde se encuentra el invento más poderoso, la máquina de vapor, capaz de hacer mover día y noche todo un ejército de máquinas automáticas sin casi la intervención del hombre (Si tenéis la ocasión de visitar en Terrassa el Museu de la Ciencia y de la Técnica de Catalunya, más conocido como MNACTEC, podréis ver una de esas salas con máquina de vápor incluída. Por si no podéis visitarla, aquí abajo os pongo su foto).

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Joan Vilaregut tenía como objetivo convertirse en uno de los principales fabricantes del país así que, de alguna manera, arrastra a Josep a trabajar con él para conseguirlo y lo hace con gran entusiasmo. La primera oportunidad la consiguen en 1929 cuando, por Real Orden, obtienen el privilegio de poder introducir en el país maquinaria extranjera de tejer mecánicamente todo tipo de hilos. El campo de pruebas de estas máquinas será un taller tradicional en funcionamiento dispuesto a ser modernizado. El «laboratorio» lo encuentran en una fábrica en Sallent que alquilan por cinco años a la familia Torres Amat y que serviría para demostrar si el modelo inglés podría ser rentable en Catalunya. El proyecto enamora tanto a Josep, que se asocia a Joan, renunciando a una posición estable de negocio familiar y se lanzan juntos a la aventura de poner en marcha la primera fábrica moderna del sur de Europa.

De la fábrica de Sallent a Lancashire, el país de las maravillas

La fábrica de Sallent se encuentra en la calle Pont número 2 y para llegar a ella tienes que cruzar un puente gótico bajo el que pasa el río LLobregat. La fábrica cuenta con Bergadanas de más de 120 husos, telares mecánicos, una era enorme que se destinaba al secado, montones de artesanos trabajando y, lo más importante, una acequia que pasa debajo del puente que acaba en un gran salto de agua y que impulsa un molino. No tendrían mucho carbón, a diferencia de los ingleses, pero tienen la fuerza de un río que nace en el Pirineo.

Por un lado, Joan, tira de contactos que hizo durante su exilio en Londres, viaja a Inglaterra y consigue traer máquinas inglesas y contratar un equipo de profesionales dispuestos a ir a Sallent a instalar y asesorar en las operaciones de puesta en marcha. Josep, por su parte, se encarga de dirigir la adaptación de la fábrica y la construcción e instalación de una gran rueda hidráulica en la acequia antes de que lleguen tanto las máquinas como los técnicos ingleses que venían desde Liverpool. Poco a poco Sallent se va a ir transformando y los artesanos de la zona poco a poco van a pasar a ser operarios de una cadena de producción diseñada por una ingeniero que ni tan siquiera conocen. El sueño se convierte en realidad cuando los técnicos británicos regresan a su país dejando en Sallent una fábrica en miniatura de los grandes complejos fabriles que existían en su país. Es la primera fábrica en todo el Estado en el que cestos de algodón entran en un almacén y a las pocas horas se han convertido en tejido, sin que ningún hombre o animal haya gastado demasiada energía para conseguir ese resultado. Logran fabricar más metros de tela a un coste mucho más bajo gracias a las aguas del LLobregat y con el mismo número de trabajadores.

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Fábrica Torres Amat – Sallent

Josep Bonaplata, satisfecho con el éxito y tras trabajar con los técnicos ingleses, decide visitar el principal escenario de la Revolución Industrial para acabar de nutrirse de conocimientos. Los datos biográficos que se conocen de este empresario, le perfilan como un hombre de negocios que suele abandonar su despacho de vez en cuando para bajar a la fábrica, tratar con los operarios e ingenieros y conocer todos los procesos productivos detalladamente. No es de extrañar entonces que se lanzase a viajar a Inglaterra y, además, llevar con él a Joan Rull, otro emprendedor y pionero en la automatización de la estampación de indianas. Con ellos iría un trabajador de confianza llamado Pere Camps, que tendría la tarea de absorber todo el conocimiento que pudiera sobre el funcionamiento de una fábrica moderna. El destino era Lancashire y la entrada era el puerto de Liverpool, que está rodeado de enormes almacenes y formado por decenas de muelles que dan a una de las riberas del río Mersey.

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Albert Dock – Liverpool 1885

Los tres visitaron ciudades como Bolton, Preston o Blackburn, pero sobre todo las «Mills», algo parecido a pequeñas ciudades llenas de largas naves de ladrillo, de tres o cuatro pisos de altura, y repletas de maquinaria movida por motores y controlada por expertos operarios. En el piso de abajo, en una sala para ella solita, encuentran la máquina de vápor, bajo la supervisión constante de un maquinista que controla la presión del agua para que no haya accidentes. Esta es la visión que traen Bonaplata y Rull de Lancashire, es lo que querrán instalar aquí y para ello acabarán comprando en Birmimgham maquinaria de Boulton & Watt, uno de los productores de máquinas de vápor más importantes de la época. Camps se quedará en una de las principales fábricas de Manchester para acabar de formarse y aprender sobre la maquinaria, especialmente sobre la self-acting spinning mule de Richard Roberts, que Bonaplata tenía intención de producir bajo licencia.

La aventura y desventura del Lancashire de la calle Tallers

Los empresarios regresan de Lancashire con una perspectiva más amplia de lo era la industrialización. Josep valora el proyecto de Sallent desde otro punto de vista, el del condicionante climático. Es un verano muy caluroso y seco, así que el caudal del río es tan bajo que la rueda hidráulica gira con mucha lentitud, y por lo tanto las máquinas también lo hacen a la misma velocidad. Cuando llegue el otoño podría ocurrir lo contrario con las fuertes lluvias y la crecida del LLobregat podría arrancar la rueda y arrastrarla río abajo. La apuesta de Sallent es buena pero no puede responder de la misma manera que las Mills inglesas.

Josep pasa los siguientes meses diseñando un proyecto empresarial más complejo para Barcelona, más parecido al inglés, y en el que el salto tecnológico y el aprovechamiento del puerto tenían que representar un papel primordial. En contra tenía que debía buscar algo para ser igual de competitivo que los ingleses sin algo que aquí casi no había y que era uno de los secretos que permitía a la industria británica tener precios tan bajos: el hierro y el carbón. La alternativa era traer en barco hulla desde las minas del norte de Europa y compensar el coste energético con muchas horas de trabajo. Otro detalle era levantar una fundición cerca de las naves de producción para fabricar los telares y las hiladoras que podrían hacer que otros talleres se automatizasen. Claramente, la idea era transformar Catalunya en un Lancashire mediterráneo.

Pero todo esto tenía que pasar por el permiso de las autoridades gubernamentales. Por suerte, el embajador español en Londres logra convencer al gobierno de Fernando VII y en las Navidades de 1831 Josep recibe un contrato del gobierno central en el que se le autoriza a levantar una fábrica e importar hiladoras, tejedoras y cantidades de hierro, cobre y carbón suficientes para cubrir 5 años. También se le autoriza para abrir una fundición controlada por ingleses, para construir 200 telares al año y máquinas de hilar.
Simultaneamente a todos estos movimientos, Josep intenta atraer inversores para conseguir capital suficiente para llevar a cabo su proyecto. Algunos empresarios barceloneses participan (aunque muchos empresarios le dan la espalda cuando se enteran de las ventajas que el gobierno le han dado para levantar su fábrica) y acaba fundándose una sociedad la de Bonaplata, Rull, Vilaregut i Cia.

El espacio donde se instala el Lancashire barcelonés será el Raval, una barrio que en aquellos tiempos sufría el abandono y que había quedado despoblado después de la peste negra, pero tenía muchos descampados donde se podía edificar y también quedaban pequeños talleres con artesanos al los que se podría contratar. La ubicación final de El Vapor se decide que sea al final del carrer Tallers, que limitaba con la antigua muralla de la ciudad, en la confluencia con la calle Valldonzella. Les cedieron los terrenos de la parte interior de la muralla y al lado del convento de Sant Vicenç de Paül (lo que actualmente es la iglesia de Sant Pere Nolasc, situada en la plaça Castella, es precisamente la capilla interior de aquel convento).

Sant Pere Nolasc

Iglesia Sant Pere Nolasc

Pero mientras se empiezan a construir los fundamentos del edificio, se extiende por toda la ciudad el rumor de que la fábrica será la más grande jamás vista, llena de máquinas compradas en el extranjero, que funcionan solas, y que los artesanos y las mujeres hiladoras se quedarán sin trabajo en poco tiempo. «El Vapor» nacía ante los ojos de una población muy desconfiada.

El Vapor, comenzó a montarse en 1832, pero no fue hasta 1833 cuando empezó a ser operativa y cuando, desde Inglaterra, entraba en sus instalaciones una gran máquina de vapor de 30 caballos de potencia con la función de hacer funcionar las hilaturas y los telares, era la primera de toda la península. Su instalación no fue fácil ya que los trabajadores no estaban del todo preparados para utilizarla y, además, para alimentar las calderas, tenían que utilizar leña en vez de hulla, cosa que hacía que su funcionamiento no fuese el más adecuado. Pero, a pesar de todas esas dificultades y mala fama que arrastraba en sus inicios, hasta el diario progresista de la época, El Vapor, aplaudió la instalación de la nueva industria en el Raval y muchos industriales decidieron visitarla. La Comisión de Fábricas de Hilados, Tejidos y Estampados que, en un principio no apoyó la instalación de la fábrica, a finales de 1933 ya había cambiado de opinión.

Estamos ante el inicio de la industrialización moderna que iba ligada a dos elementos fundamentales: La máquina de vapor considerada como la fuerza motriz y la maquinaria hecha de hierro fundido. Por primera vez en la ciudad se utilizarán las máquinas de hilar y los telares mecánicos de fundición y, a la vez, las técnicas metalúrgicas para construirlas y repararlas, además de la introducción de la primera máquina de pintar indianas .

El Vapor Bonaplata, mientras duró, empleó a 700 obreros entre los telares mecánicos, la fundición y el taller de montaje. Su gran desgracia fue que también nació en una época en la que se iniciaba una gran conflictividad política tras la muerte de Fernando VII y la máquina de vapor seguía viéndose como un enemigo para los trabajadores, ya que muchos de ellos se quedaban sin trabajo. El resultado fue que El Vapor Bonaplata fue atacado en el verano de 1935 por un movimiento parecido al ludismo inglés y coincidiendo con la guerra carlista. La fábrica fue quemada y también la que tenía Joan Rull, el socio de Josep Bonaplata, en Gràcia, en la calle Perill esquina Torrent de l’Olla.

El sueño británico de Josep Bonaplata duró 20 meses y, tras la tragedia, pidió indemnizaciones al gobierno, que le fueron concedidas. Finalmente decidió trasladarse a Madrid, que era un territorio menos conflictivo al no haber en aquel momento la suficiente actividad industrial para que hubiesen la existencia de movimientos obreros fuertes, a diferencia de lo que pasaba en Barcelona.

Y esta fue la ilusionante y a la vez triste historia del Lancashire de la calle Tallers.

LA CASA GOMIS / LA RICARDA, UN DESTINO EXÓTICO EN LAS PUERTAS DE UN AEROPUERTO

 

Frente a un mar que no se ve pero se siente, muy cercana a la playa del Prat de LLobregat, camuflada discretamente en un bosque de pinos, se levanta La Ricarda/Casa Gomis, uno de los mejores ejemplos de arquitectura racionalista y paisajista de este mundo y, probablemente, de los otros. Antonio Bonet es el arquitecto que diseñó la casa, un espacio integrado con su propio entorno, y con vistas a la serenidad de un jardín con piscina. Afortunados fueron los que la habitaron, que fueron los descendientes de uno de los industriales catalanes más importante de todos los tiempos, Eusebi Bertrand. El lazo de todo esto con mi Manchester es mínimo pero destacable desde el punto de vista de la industrialización, ya que Eusebi fue considerado en 1935 como el primer industrial algodonero del mundo, según el prestigioso boletín de la Federation of Master Cotton Spinners Association de Manchester. Así que antes de hablar de la Ricarda, como objeto de destino a visitar, obra de arte, y, en mi caso también de deseo, me apetece saber porqué los mancunianos se fijaron en este hombre.

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EUSEBI BERTRAND, UN REFERENTE PARA LOS INDUSTRIALES DE MANCHESTER
Dando rienda suelta a mi curiosidad, me lío a buscar información sobre Eusebi Bertrand y descubro que pertenece a la quinta generación de una saga de empresarios que controlaba desde fábricas de hilado y tejidos, hasta explotaciones agrícolas y líneas de ferrocarriles de carga. Fue su padre, Manuel Bertrand, quien compró en 1901 la finca de la Ricarda, un total de 350 ha, con estanque incluido, y que acabó convirtiendo en una explotación moderna construyendo, en primer lugar una vaquería que proveyó por un tiempo el mercado lechero de Barcelona. La vaquería se fue ampliando con la construcción de las viviendas para sus empleados, instalaciones agrícolas y para el ganado, y una casa para la familia de estilo noucentista. Manuel, a parte de tener buen ojo para los negocios, tenía muy buena suerte. Digo esto porque por lo visto la fortuna que hizo fue, en parte, gracias a las fábricas que tenía la familia de su mujer, Flora Serra, ya que él había roto relaciones con su propia familia. Afortunadamente los Serra le acogieron sin problemas y le hicieron socio de sus negocios (supongo que el hecho de que Manuel era hijo de algodoneros también influiría en la decisión).
Manuel y Flora fundaron la fábrica El Remei de Manresa, reorganizaron el proceso productivo y dejaron en manos de su hijo Eusebi Bertrand i Serra, una empresa próspera y con futuro. Si Manuel había hecho un buen matrimonio casándose con una rica heredera, Eusebi no iba a ser menos y lo hace con la sobrina de uno de los importadores de algodón más importantes del país, Alfred Mata Pons. No les faltaría ni algodón, ni tampoco carbón, ya que Eusebi era accionista y vicepresidente de la empresa carbonífera más importante de Catalunya, Carbones de Berga S.A. (Hay que tener en cuenta que todas las fábricas de hilados y tejidos de algodón del grupo Bertrand funcionaban con máquinas de vapor, por lo tanto necesitaban carbón, y, lógicamente, a ellos les salía mejor de precio). Pero Eusebi no solo se conformó con su vida empresarial, también tuvo incursiones en el mundo de la política, fue uno de los fundadores de la LLiga Regionalista y entre 1907 y 1923 llegó a ser diputado a las Cortes por Puigcerdá. Tras la muerte de su padre, se convirtió en dueño único del negocio familiar e inició una política de expansión con la compra, en 1913, de la fábrica más antigua de estampado de tejidos de Barcelona, Felip Ricart, con lo que logró duplicar la capacidad de estampado de su grupo y amplió los telares del Remei de Manresa, también de su propiedad. En 1933 Eusebi fue nombrado primer industrial algodonero del mundo – tenía fábricas de hilados y tejidos de algodón, de blanqueo, de estampados, de tinte y acabados – por la Federation of Master Cotton Spinners Association de Manchester. Por aquel entonces en sus fábricas trabajaban dos mil doscientas personas que producían tres millones seiscientos mil kilos de hilo y quince millones de metros de tejidos cada año. En realidad había empresas más grandes que las suyas pero no de un solo propietario como era su caso.
Claramente, lo de este hombre era un «no parar». Paralelamente a sus éxitos empresariales, Eusebi fue aumentando su participación en la sociedad civil y el mundo del deporte del motor. Pilotó en el mítico rally Barcelona-París de 1923, se convirtió en fundador del Automóvil Club de Catalunya y representante de marcas como Berliet, Bugatti o Minerva. Y, a parte de todo esto, era un hombre con inquietudes culturales muy amplias, era culto, amante de la música, tocaba el violonchelo, fue presidente honorario de la junta directiva del Gran Teatre del Liceu e impulsor de la Orquesta Sinfónica y de la Associació de Música de Cambra de Barcelona.
Pero como suele pasar con los imperios, siempre tienen un tiempo de auge y otro de declive. En 1985, casi cuarenta años después de su muerte, su empresa holding dirigida por sus hijos y nietos entró en números rojos, más tarde en una suspensión de pagos, con la siempre temida declaración de quiebra y el cierre de todas sus fábricas.

LA RICARDA SOBRE EL TERRENO
La casa Gomis se puede visitar y es una de las nietas de Eusebi Bertrand, Marita Gomis, quien conduce la «excursión». Marita se muestra como una mujer muy cercana, sus explicaciones sobre la arquitectura de la casa y la vida que se desarrollaba en ella, su vida al fin y al cabo, muestran motivación y entusiasmo, también algo de melancolía en algún momento. Lo que peor se lleva en la visita es el ruido de los aviones que despegan a pocos metros de nosotros, que hace que el discurso tenga que ser interrumpido cada dos por tres (esa es la gran maldición que ha caído sobre esa casa). En fin, Marita nos explica en la misma entrada de la Ricarda como era su entorno hace muchos muchos años. El delta del Llobregat fue, hasta los años 50s del XIX, una zona pantanosa e insalubre donde la vida era muy difícil, y el paludismo y el cólera castigaba a la población con cierta insistencia. Ese panorama tan desolador empieza a desaparecer entre 1873 y 1879, cuando se lleva a cabo una desamortización, y buena parte de las grandes propiedades pasaron a manos de inversores que vieron la oportunidad de aprovechar todo ese espacio que estaba en las puertas de Barcelona para sacarle algo de rendimiento.
El proceso de transformación de ese paisaje tan deprimente al paisaje agrario hasta el día de hoy sigue siendo, excepcional en la Europa urbana del siglo XXI, fue una obra de titanes por parte de familias trabajadoras y de hombres que aunque, sin formación ni recursos económicos, tenían talento y dominaban un oficio. Por supuesto, esta evolución del territorio tampoco hubiese sido posible sin inversores como Jaume Casanovas, uno de los grandes terratenientes de la zona, que contribuyó al descubrimiento de las aguas terciarias; o Ferran Puig, industrial del lino, importante inversor en la agricultura de la zona y que pagó el puente de hierro sobre el LLobregat. Y, por último, los Bertrand: Manuel Bertrand i Salas y su hijo Eusebi Bertrand i Serra, propietarios de La Ricarda.

LA RICARDA ENTRE LOS LATIDOS DE LOS GOMIS Y LOS DE ANTONIO BONET
La casa Gomis, más conocida como La Ricarda, en un principio se diseñó en 1953 por el arquitecto catalán Antonio Bonet en colaboración con los propietarios, Inés Bertrand Mata y Ricardo Gomis, aunque esta aventura arquitectónica no se terminó hasta 1963. El resultado fue lo que ya se considera como una de las Las joyas de la arquitectura racionalista catalana a nivel internacional. Bonet vivía en Argentina en aquel momento, por lo que dirigió el proyecto ‘a distancia’, cosa que hizo que fuese largo tanto en el terreno de la comunicación como en el de la construcción, que fue administrada por Emilio Bofill, padre de Ricardo Bofill.


La Ricarda, como no podría ser de otra manera por el lugar en el que se encuentra, se construye sobre dunas de arena y sobre una plataforma artificial. La estructura está compuesta por una serie de techos abovedados interconectados, al estilo de la tradicional «vuelta catalana», rasgo que caracteriza la arquitectura de Antonio Bonet y que se integra perfectamente dentro del paisaje mediterráneo. Es una casa de grandes dimensiones, horizontal, formada por diferentes pabellones unidos asimétricamente en una única planta. Aunque el espacio interior es muy abierto, las paredes interiores proporcionan separación y se detienen por debajo de la altura total, permitiendo que la luz se reparta por toda la casa. La mayoría de los muebles también fueron diseñados por el arquitecto y hechos a medida para la casa. Un sistema de ladrillos entrelazados cada uno lleno de vidrio de diferentes colores, forma una característica principal de la construcción y se puede ver en toda la casa ( no te imagines el juego de luces y de colores que aporta ese capricho, mejor ves a verlo y luego me cuentas).


Cuando Marita abre la puerta de la casa, entras en el vestíbulo y ahí das con la primera sorpresa porque te encuentras ante un patio descubierto en el que hay una especie de cascada de agua que va llenando la superficie a modo de estanque (apuntar que el patio funciona a modo de impluvio, diseñado para recoger agua de lluvia, a lo casa del antiguo imperio romano pero en moderno). Como puedes imaginar, la sensación de relax al entrar en la casa es infinita.


De ese vestíbulo parte un pasillo, un eje en que se encuentran un conjunto de dormitorios, como indica Marita, las habitaciones de los niños, cada una con baño propio y vestuario que queda abierto o cerrado, a gusto de cada uno, mediante un panel corredizo. No solo eso, cada habitación da a un patio exterior delimitado por una pared, que por fuera queda bonitamente cubierta por baldosas de cerámica esmaltada de color ámbar y por dentro de las risas de los niños que jugarían en él en su tiempo.


De vuelta al vestíbulo, siguiendo uno de los laterales del impluvio, una larga y luminosa pasarela de vidrio nos conduce, entre luz y vegetación, al dormitorio principal (en un inicio se había proyectado como un pabellón independiente). Las vistas del dormitorio principal son el jardín en todo su esplendor y, por supuesto, dispone de baño privado, vestidor y un larguísimo escritorio. En general da la sensación de que estaba diseñado como si fuese un estudio.


El salón conecta directamente con el vestíbulo. Dos grandes puertas lo separan y cuando entras en él ya no quieres volver a tu casa, porque es una maravilla de salón, enorme, amplio, decorado con gusto, con muebles preciosos, funcional, cómodo, agradable, bonito, elegante… podría seguir con adjetivos de ese estilo durante líneas y líneas pero me alargaría tanto… Desde el salón, que da al jardín, también se accede a un comedor donde luce una gran mesa y de ahí se accede a la cocina y las piezas que la rodean.
Parándome algo más en el salón, no es difícil imaginar lo que nos explica Marita que ocurría entre aquellas paredes del salón.

Cuenta que su padre, Ricardo Gomis, organizó allí mismo muchos eventos culturales, reuniones, conciertos, etc. Hay que tener en cuenta que en la posguerra la decadencia cultural y artística había sido más que significativa. Durante los últimos 15 años de la España de Franco, Ricardo Gomis decidió abrir su casa como refugio cultural para algunos artistas como Joan Miró, Antoni Tàpies, John Cage o Joan Brossa, entre otros. La idea era recuperar el espíritu de vanguardia nacido en la República y que logró desarrollar en un proyecto llamado CLUB49.


LA RICARDA Y SU FUTURO
La Ricarda sigue siendo propiedad de la familia Gomis, que intenta conservarla en su estado original en la medida que se puede. No facilita mucho esta tarea la expansión del aeropuerto, el clima marino tan húmedo que corroe muchos de los materiales de la que está hecha y el inevitable paso del tiempo. Aunque fue restaurada en 1997 por los arquitectos Fernando Álvarez Prozorovch y Jordi Roig, los trabajos fueron muy complejos y se centraron especialmente en la cubierta y en la carpintería, pero a día de hoy la casa necesitaría un buen repaso. A simple vista, los muebles, por ejemplo se ven bien, pero cuando te acercas, muchas de las piezas están muy desgastadas y el trabajo de restauración se intuye muy costoso.
Iconic Houses, una organización internacional que trabaja por la conservación obras de arquitectura moderna, cree que se debería establecer un diálogo entre las autoridades aeroportuarias y el municipio para proteger a la Ricarda. Por supuesto, la colaboración de arquitectos con la familia Gomis es otro factor que puede ser también de gran ayuda. Y el granito de arena que puedes aportar tu visitándola también debería servir de algo https://www.elprat.cat/turisme-i-territori/que-visitar/la-casa-gomis
La Ricarda es entre profunda y transparente, mágica por su luz y sus detalles, moderna por dentro y por fuera y, sobre todo, inteligente y elegante.

Casa Bloc 1/11

Llevo años pasando por entre las columnas sobre las que se alza la Casa Bloc y hoy he decidido que, por un rato, sean esas columnas las que queden bajo mis pies. Contacto con el Museu del Disseny y contrato una visita guiada para que me cuenten/enseñen la historia del edificio. A mi objetivo se suma visitar el piso-museo (planta 1 puerta 11) y sacar alguna foto en formato Polaroid, que creo que es un formato de imagen que le pega bastante.

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Millones de personas han pasado por delante de este edificio y con toda probabilidad no habrán reparado en él, excepto si uno es un apasionado de la arquitectura racionalista, o es un buen observador del entorno y nota ese «algo» que le hace parar y mirar la construcción desde varias perspectivas.

La Casa Bloc es uno de los máximos exponentes del racionalismo catalán y ha sido declarada Bien de Interés Cultural en categoría de Monumento, pero nadie lo diría porque se sale de esa línea de la arquitectura «modernista colorista» a la que nos tiene acostumbrada esta ciudad. Esto hace que la Casa Bloc sea un lugar absolutamente desconocido para el turista y también para una gran parte de la población (Lo bueno es que delante de ella no encuentras a cientos de personas peleando por hacer fotos, ni aparece en postales, ni tampoco esculpida en imanes para neveras a modo de souvenir). Eso sí, para encariñarte con ella, en el caso de que no entiendas de arquitectura, la tienes que ver desde un punto de vista funcional, tienes que documentarte un poquito antes de visitarla, retroceder a los primeros años de la Segunda República, y entrar en el cerebro de unos arquitectos que soñaban con una nueva propuesta de vida moderna, al mas puro estilo de una «comuna», para una clase trabajadora castigada por todos lados. Muy comunista todo en si.

La Casa Bloc a simple vista es un gigante de hormigón con forma de S que esconde un esqueleto de metal y que puedes encontrar en el Passeig Torras i Bages, en el distrito de Sant Andreu de Barcelona. Como apunte histórico sobre su ubicación, antes de su construcción y hasta 1880, Sant Andreu era un pueblo repleto de campos regados por el rec comtal y que prácticamente tenía como actividad económica la venta de frutas y verduras a la «metrópolis». La revolución industrial cambió el paisaje de esta zona, se abrieron fábricas como la Fabra i Coats, la Maquinista o la Hispano Suiza, y los campos pasaron a ser ocupados por industrias llenas de trabajadores que malvivían tanto a nivel de vivienda, higiene y condiciones laborales. Barcelona se había convertido en el nuevo Manchester de la época y, como consecuencia, también las necesidades de la población cambiaron. Hoy la casa Bloc se levanta sobre lo que previamente habían sido esos campos de cultivo y los terrenos que rodeaban una de sus fábricas.

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Foto archivo Ajuntament de Barcelona/ Museu del disseny

La ruptura con el orden establecido, una nueva visión de la vivienda social en Barcelona.

La Casa Bloc fue construida entre 1932 y 1939 por los arquitectos Josep Lluís Sert (1902-1983), Josep Torres Clavé (1906-1939) y Joan Baptista Subirana (1904-1978, integrantes del GATCPAC(Grupo de Arquitectos y Técnicos Catalanes para el Progreso de la Arquitectura Contemporánea) y, como he dicho, se considera un símbolo de la arquitectura racionalista en Barcelona. La obra fue concebida para dar respuesta a ese crecimiento demográfico y de mano de obra de principios del siglo XX, que había traído consigo la industrialización y que, al inicio de la Segunda República sufría el azote del paro y la falta de vivienda asequible.
Para Sert, Torres y Subirana, idear la Casa Bloc representó nueva forma de pensar la vivienda, una oportunidad para dignificar la vida de los trabajadores, la mayoría de ellos subsistiendo en barracas (Según el Libro «Casa Bloc» de Mudito & Co, en Barcelona, por aquellos años, vivían 50.000 personas afinadas en barracas, cosa que hizo que la prensa local la bautizase como Barracópolis). Vinculados a ideas progresista y al republicanismo de la época, plantearon en clave local los proyectos que por aquel entonces, a nivel internacional, estaban rompiendo con la vieja tradición y apostaban por dar nuevas soluciones a la población. Estamos en los inicios de los 30 y la propuesta de la Casa Bloc era una idea que nada tenía que ver con los edificios de carácter social que hasta entonces se habían construido en la ciudad.

Otro germen de inspiración para levantar la Casa Bloc viene del Grupo de Viviendas Obreras que se construyeron en 1932, una especie de adosados unifamiliares de 70m² distribuidos en dos plantas más jardín. De hecho, la Casa Bloc vendría a ser tres de estos adosados a modo de pisos duplex, uno encima de otro, cosa que permite alojar a mas familias. El resultado fue la construcción 207 viviendas abiertas al exterior, bien ventiladas, higiénicas y con una buena luz natural debido a sus diferentes orientaciones. Dichas viviendas se repartieron entre cinco edificios que formaban una S, y disponían de dos grandes jardines y espacios comunitarios que facilitaban la interelación entre vecinos. La idea era que los vecinos también se beneficiasen de servicios como guardería, espacios para practicar deporte, una escuela, una biblioteca, espacios de juego para niños, etc. Los edificios están conectados por cuatro cajas de escaleras por las que se puede acceder a las viviendas a través de corredores, un claro guiño a la arquitectura racionalista centroeuropea del momento y a la corriente de la Bauhaus y a Le Courbusier como uno de los grandes referentes.

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Para Sert, Torres i Subirana, también era más importante la función que ofrecían las obras que no su forma. Otra de las características que ofrece la Casa Bloc es que estos bloques se alzan sobre pilares, algo que libera la planta baja y facilita la circulación de gente entre los edificios y el paso entre las zonas verdes.
La primera piedra de este proyecto tan utópico, la colocó Francesc Macià en marzo de 1933 pero cuando la obra casi estaba terminada tuvo que paralizarse por el estallido de la Guerra Civil.

La Casa Bloc de postguerra y su bloque fantasma

La Casa Bloc queda acabada al finalizar la Guerra Civil, el régimen franquista se encarga de hacerlo, al igual que de llenarla, no con gente desfavorecida, tal como había sido el propósito inicial de su existencia, sino con familias de militares, huérfanos y viudas de guerra. Años después se decide ampliarla con mas familias, esta vez, las de los policías nacionales. Para esto último se construyó un nuevo edificio que cerraba una de las plazas y al que se le conoció popularmente en el barrio como el Bloque fantasma. No siendo esto suficiente y, para acabar de desordenar más el proyecto, no se les ocurrió otra cosa que construir en el interior de esa misma plaza, unas caballerizas destinadas para la policía armada (Supongo que a partir de ese momento los vecinos optarían por mantener sus ventanas cerradas, puesto que ventilar la vivienda podría resultar una experiencia cuanto menos desagradable). Total, que las tres premisas fundamentales sobre las que reposaba la Casa Bloc, luz, ventilación e higiene, se las liquidaron de un plumazo.

Si algo caracterizó los siguientes años de la Casa Bloc fue la dejadez a la que fue sometida y la falta de mantenimiento de los edificios, un deterioro claramente visible que fue resolviéndose primero en 1986, cuando echaron abajo las dichosas caballerizas, recuperando así el patio interior, e iniciando a principio de los 90’s las obras de enjardinado. Durante esos años fue declarada Bien de Interés Cultural y en 1997 el Instituto Catalán del Suelo, la Diputación de Barcelona y el Ayuntamiento de la ciudad firman un acuerdo para rehabilitarla, trabajos que se llevaron a cabo por los arquitectos Víctor Seguí y Marc Seguí, y que finalizaron en 2008 con la demolición de aquel terrible Bloque Fantasma (Todavía se puede distinguir su huella en el suelo).

El piso-museo, viaje a los años 30

Si uno de mis caprichos era entrar en el piso-museo, aquí me encuentro, frente a su puerta, a mi espalda un largo pasillo en el se adivinan una serie de huecos dispuestos ordenadamente y en los que se esconden las entradas de las viviendas, a mi derecha, un aún más largo corredor con, además, plantas y ropa tendida que sobresale tras las barandas.

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Estoy en la primera planta, puerta 11, del bloque 2. El piso-museo de la Casa Bloc es uno de los duplex mas pequeños de la finca, mide 60 m2, comunica la fachada interior con la exterior y tiene dos habitaciones, a diferencia de los otros, que tienen tres o cuatro dependiendo del número de personas que lo habitan. De distribución diáfana, en la planta baja encuentras la entrada con un pequeño pasillo en el se distribuye el lavabo, un lavadero con ducha y la cocina, y que desemboca en un salón-comedor con salida a la terraza, que está orientada hacia el este.

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En la planta superior se sitúan los dos dormitorios, ambos con ventanas, igual que las piezas de la planta baja, cosa que favorece la ventilación. De esta manera, queda claramente divido el espacio público del privado o, si se prefiere, un espacio de día y otro de noche. Una sencilla escalera, austera como la que mas, vestida de escalones de tipo italiano y perfilada con una barandilla de hierro pintada de color azul hace las funciones de distribuidor entre las dos plantas. La verdad es que encuentro que tiene cierto encanto y, aunque son pocos metros, no da sensación de agobio.

Nos explican que los artífices de la restauración de la vivienda es El Instituto de Cultura de Barcelona a través de Disseny Hub Barcelona y el INCASÒL y los encargados de este proyecto de musealización fueron Marta Montmany, Rossend Casanova y Víctor y Marc Seguí. Los trabajos de musealización del piso han ido desde retirar elementos que con el tiempo los diferentes inquilinos han ido añadiendo, hasta restaurarlo instalando una cocina de la época, recuperar los pavimentos hidráulicos originales de color gris y el color de las paredes, o poniendo las puertas plegables del balcón que fueron extraídas de otra vivienda de la Casa Bloc.

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Las griferías, los tubos de cobre o los interruptores, son todos originales de los años 30. Incluso las lámparas, cuando las enciendes dan esa luz pobre, tenue y amarillenta, propia de la época.

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En cuanto al mobiliario que se ha usado para ambientar el piso, se ha planteado de acuerdo con el ideario del GATCPAC, basado en la practicidad y la simplicidad. La verdad es que al entrar en la vivienda no encuentras muchos muebles, pero lo primero que ves es una mesa de comedor, eso sí, diseñada por el arquitecto húngaro Marcel Breuer, uno de los maestros del movimiento moderno. El salón comedor se completa con unas sillas B 751, una lámpara de globo y un bufet, todos ellos elementos que utilizaban habitualmente los miembros del GATCPAC en los años 30. Los elementos principales de la cocina, tales como el azulejo, el fogón, la pica y la fresquera, han sido restaurados con las piezas originales recuperadas de una vivienda en desuso. Además, se ha colocado una cocina económica de los años 30, fabricada en Barcelona por José Mingrat. Elementos a destacar en el balcón, las tres persiana enrollables que regulan la entrada directa de los rayos del sol y unas preciosas y prácticas puertas plegables de cristal y madera pintada de blanco que me encantaron. El toque de color, sin duda, el calabaza de las barandillas del balcón.

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La Casa Bloc hoy

Afortunadamente, hoy en día, la Casa Bloc cumple con su función inicial de viviendas sociales al servicio de los mas necesitados, por un lado acoge a personas y familias en riesgo de exclusión social y, por otro lado, a refugiados de diferentes procedencias que huyen de los conflictos de sus países y que están alojados en lo que fue la antigua residencia de viudas y huérfanos del Ejército.
El hecho de que el edificio esté catalogado como monumento arquitectónico, hace que esté constantemente supervisado y no está permitido hacer cambios estructurales.

Podéis visitar el piso-museo de la Casa Bloc los sábados a las 11 de la mañana contactando con el Museu del Disseny o con El Globus Vermell, un colectivo de arquitectos que están instalados en la Nau Ivanow, y que compaginan su propio trabajo de proyectistas con la investigación, la docencia universitaria, la gestión cultural y la divulgación sobre la arquitectura y la ciudad.

Sinceramente, una visita ultrarecomendable, que te hará descubrir esa otra Barcelona que está fuera de los circuitos turísticos.

Una Catalan Square en Manchester

Si hay un enclave en Manchester en el que se encuentra esa esencia industrial, cultural y turística tan asociada también a Barcelona, es la Catalan Square, en Castlefield. Esta plaza está ubicada en una de las zonas más nuevas y emblemáticas de la ciudad, entre los arcos una línea férrea y la convergencia de los canales Bridgewater y Rochdale. Castlefield es un lugar tan interesante que merece un artículo por si mismo pero, para que os hagáis una idea, a modo de introducción, haré una descripción del sitio.

Igual que ocurre en el barrio del Raval en Barcelona, estamos ante una antigua zona industrial en la que previamente los romanos se habían establecido y habían construido su primera fortificación, a la que bautizaron con el nombre de Mamucium, ( todavía se conservan restos de ese fuerte y de un granero de la época). Los habitantes de Castlefield pueden presumir de tener el primer canal industrial que se construyó en Manchester y la estación donde finalizaba la primera línea de ferrocarril de pasajeros del mundo (Liverpool-Manchester). Es un lugar donde la huella de la industrialización marca la mayor parte de sus calles y el curso de los canales condicionan la distribución de un terreno en el que es fácil imaginar como podría ser en el pasado, digamos que una especie de maraña de fábricas, carreteras, vías de ferrocarril y canales (todo muy anárquico en general). Con el paso de los años y con las crisis que azotaron Inglaterra, igual que pasó en Hulme (ver artículos anteriores), la zona se fue degradando y no fue hasta los 80´s del siglo pasado que Castlefield empezó a reurbanizarse de nuevo. A día de hoy, también encontrareis canales, puentes y fábricas destinadas a otros usos, pero dentro un paisaje ordenado en el que conviven en armonía rascacielos resplandecientes y modernísimos, como la Torre Hilton, con edificios de ladrillos, como el Museum of Science and Industry (MOSI), y alguna que otra pradera o auditorio al aire libre donde la gente sale a tomar el sol o a disfrutar de conciertos. En la actualidad, Castlefield es uno de los lugares más turísticos de Manchester.

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Catalan Square y sus cosas

Merchants Bridge, inspirado en un puente de Ripoll
Para empezar, lo más llamativo si tienes que llegar a la Catalan Square es que has de atravesar un espectacular puente curvado de acero blanco, el Merchants Bridge debajo del cual se mueven las aguas del canal principal. Ya de por si, el color blanco del puente, contrasta sin ningún tipo de pudor con el color rojo de los ladrillos de los edificios que lo envuelven, así que es imposible no encontrarlo si visitas la zona, digamos que salta a la vista. Por otro lado, este puente es uno de los símbolos de esa renovación de Castlefield de la que hablaba líneas más arriba y es una de las mejores obras de ingeniería y de diseño de la ciudad.

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El diseñador de esta maravilla es Whitby Bird, que se inspiró en la Pasarela La Devesa, que cruza el río Ter a la altura de Ripoll, un puente que fue diseñado por Santiago Calatrava. Encuentro que esta inspiración tiene sentido si se tiene en cuenta que de lado a lado del río Ter se levantaron varias colonias durante la industrialización catalana.
El sentido de una Catalan Square en Manchester.

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Un nombre simbolizando un agradecimiento
La existencia de esta plaza en Manchester es cuanto menos curiosa y su creación es relativamente reciente. La Catalan Square, debe su nombre a la colaboración que el comité organizador de las olimpiadas de Barcelona 92, tuvo con los ingleses a la hora de llevar a cabo los Juegos de la Comentwelth de 2002. La autoridades de Manchester, como agradecimiento a los consejos de los catalanes, decidieron poner el nombre de Catalan Square a este enclave de la ciudad.

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Manchester y Barcelona, esas ciudades hermanas

Otro dato es que en 1995 se celebró el Catalan Art Festival, una iniciativa para celebrar el hermanamiento entre las ciudades de Manchester y Barcelona, unidas especialmente por ese mas que destacable pasado industrial. Catalan Square, es el epicentro de esta celebración y el sello lo pone la escultora Maria Àngels Domingo Laplana, conocida como Madola, que presentó su escultura «Mediterrània«. La obra es una pieza circular, mide unos 6 metros de diámetro, y está cubierta por unos esmaltes amarillos de diferentes tonos con inscripciones en inglés en catalán. La pieza representa un sol como fuente de vida del Mediterráneo, pero sin olvidar la relación que también existe entre el astro, el agua y la industria (elementos comunes a las dos ciudades y que han contribuido su desarrollo y progreso). Esta escultura la podéis encontrar a mano derecha una vez se pasa el Merchants Bridge y casi enfrente del Barça Bar.

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El Barça Bar o el capricho del cantante de Simply Red

Más datos. En Catalan Square se encuentra el Barça Bar, ubicado justo debajo de las vías del tren y que cuenta con una terraza que tiene unas magníficas vistas al cruce del canal Bridgewater con el canal Rochdale y no, el dueño no es Pep Guardiola. La historia de este local la inicia Mick Hucknal, cantante de Simply Red, su primer propietario y ahora lo lleva Anthony Sheridan, que ha reformado el local convirtiéndolo en uno de los bares restaurants más fashion de Manchester. El Barça bar de Mick Hucknal era en sus inicios un lugar de homenaje al club de fútbol catalán y un intento de trasladar el ambiente de tapeo barcelonés a Manchester. Por lo visto, el cantante, ferviente seguidor del Manchester United, en una visita a Barcelona, quedó prendado de la ciudad, fue a ver un partido del Barça y al regresar a Manchester decidió montar su pequeña ciudad condal a modo de pub. Su actual propietario ha optado por darle al local un aire más moderno pero manteniendo el nombre y la vinculación con el fútbol ( Los culés que viven en Manchester suelen ver los partidos del Barça en alguna de las pantallas de televisión que hay repartidas por el bar).

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Lo cierto es que la Catalan Square, se ha impregnado del espíritu de Barcelona y se ha convertido en un verdadero imán para turistas y vecinos, especialmente durante los meses de verano en los que pueden tostarse un poco los días que hace sol tomando una cervecita o disfrutar de conciertos de música en vivo. Cambia que en lugar de tener el mar delante tienes los canales y no verás gigantestos barcos de cruceros ni golondrinas pero sí que, en cambio, verás embarcaciones bien curiosas navegando en sus aguas.

Links que os podrían interesar:

http://barca-manchester.co.uk/

https://www.madola.com/

Pankhurst Centre, visitando la casa de las sufragistas

Cita

Bajando por Oxford Road, dejando a tus espaldas la Universidad de Mánchester y acercándote a Rusholme, llegas a Nelson Street. En esta calle, en el número 62, encuentras el Pankhurst Centre, una casa victoriana en la que vivió Emmeline Pankhurst con su familia durante más de ocho años. Fue también allí donde se celebró la primera reunión de las sufragistas y, por lo tanto, donde se podría decir que nació oficialmente este movimiento reivindicativo que defendía el derecho a voto para las mujeres. Como he comentado, los Pankhurst vivieron en esta casa algo más de 8 años y luego se trasladaron a Londres desde donde consideraban que podían controlar mejor su campaña reivindicativa. Pero lógicamente, al dejar de vivir esta propiedad y no darle otro uso, la casa se fue deteriorando hasta tal punto que en 1979 la North West Health Authority, lo que vendría a ser a aquí el departamento de Sanidad, aprobó demolerla. La noticia creó tal revuelo en la ciudad que inmediatamente se produjeron múltiples protestas por parte de grupos de mujeres y conservacionistas, así que finalmente se tomaron en cuenta las quejas y se pudo salvar llegando al acuerdo de arrendar la casa y también la colindante a ésta. Las dos propiedades fueron restauradas gracias al dinero que lograron recaudar para llevar a cabo el proyecto, que se inició en 1984. El Pankhurst Centre se inauguraba tres años después, un 11 de octubre, fecha aniversario de la primera reunión de las Sufragistas. Las «madrinas» en dicha inauguración fueron Helen Pankhurst, bisnieta de Emmeline Pankhurst, y Barbara Castle.

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En la actualidad, el Pankhurst Centre cumple la función de centro social para mujeres y es dirigido por mujeres. Allí se llevan a cabo actividades y eventos, sirve como centro de reunión de varias organizaciones y proyectos de apoyo para mujeres que sufren cualquier tipo de abuso, a parte de ofrecerles oportunidades laborales y contar con un banco de alimentos. El espacio incorpora además el museo, el único que existe en Reino Unido sobre las sufragistas, y un lugar de obligada visita si uno quiere descubrir algo más su líder y sobre la lucha por los derechos de las mujeres hasta la actualidad (Información que tengo pensada incorporar dentro de unas semanas y que, por extensión, no he visto conveniente añadir a este artículo). Ah! Otra cosita, el museo no recibe fondos públicos, depende de las donaciones de particulares, y todas la mujeres que trabajan allí lo hacen de manera voluntaria. Me pregunto si a estas alturas todavía es normal que una organización así, con todo lo que representa, todavía funcione como una especie de ONG para mujeres.

Volviendo al edificio de dos pisos en cuestión, el museo se encuentra en la planta baja y  he de decir que las mujeres que lo llevan son amabilísimas. Nada más entrar se interesaron por nuestra procedencia (nuestro acento al hablar en inglés nos delata desde el minuto uno) y nos explicaron que primero pasaríamos a una sala en la que, mediante una proyección, haríamos un recorrido histórico sobre el movimiento sufragista y sobre el papel que representó Emmeline Pankhurst en éste, y que luego entraríamos en la sala de reunión de las sufragistas. Así que, con unas ganas tremendas, al menos yo, entramos en esa primera sala. El espacio no era muy grande, y de sus paredes colgaban cuadros, algunos con fotos de la época, otros de la restauración de la casa o también de mujeres influyentes dentro del movimiento reivindicativo (acompañaba a cada imagen un texto explicativo). Hay que tener en cuenta que aunque una esté en la casa de Emmeline Pankhurst, alrededor de esta mujer se movían otras muchas que allí podéis conocer con sus nombres y apellidos, además de las acciones que llevaron a cabo cada una de ellas (Mabel Capper, Patricia Woodlock, Lilian Forester, en fin, una larga lista, para mi gusto más interesante y fácil de aprender que la de los reyes godos). En la misma habitación encontramos unas sillas dispuestas ordenadamente frente a una pantalla en la que pudimos ver el vídeo del que nos habían hablado, con locución en inglés muy entendible si tu nivel en el idioma es más o menos intermedio .

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La siguiente sala a la que pasamos es la principal, la llamada The Parlour, la habitación donde se reunían las sufragistas, un espacio absolutamente encantador que da a un pequeño jardín y que está decorado hasta el más mínimo detalle con muebles de estilo eduardiano. Allí puedes encontrar desde libros como el de fotografías de Christina Broom «Soldiers & Suffragettes» o «The Selected Poems» de Sylvia Pankhurst, hasta las bandas que se ponían las sufragistas con la inscripción de «Votes for Women» o juegos de tacitas dispuestos sobre las mesas como preparados para iniciar una interesante velada de charla tomando un té (también para idear como liarla en la calle, que al fin y al cabo fue lo que acabó dando resultados a la causa).

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Rebeldía, cultura y elegancia, todo concentrado en aquellas cuatro paredes, como para no enamorarme de ese lugar.

Si os apetece visitarlo, está abierto al público los jueves de 10h a 16h y cada segundo y cuarto domingo de cada mes, de 13h a 16h. La entrada es gratis. http://www.thepankhurstcentre.org.uk/

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La Universidad y el Museo de Mánchester. Historia con sus historias.

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Si estás en Mánchester y bajas por Oxford Road, puedes encadenar a lo largo de la calle varias visitas interesantes en un sólo día. Centrándome en una de estas visitas (dentro de unos días seguiré la ruta de Oxford Road), el primer lugar donde pararé será en la Universidad de Mánchester que en si, como institución, se considera que se fundó en 1824 e irremediablemente, tanto por el lugar como por las fechas, este nacimiento está muy relacionado con la industrialización de la ciudad.

La universidad dio sus primeros pasos de la mano de John Dalton, un químico inglés y también descubridor del daltonismo. Dalton, apoyado por industriales y hombres de negocio de la ciudad, creó el Instituto de Mecánica de Mánchester. Obviamente, el objetivo de este instituto no era otro que enseñar a los trabajadores los principios de las bases científicas y así poder seguir avanzando en el desarrollo de la tecnología. Con los años,este instituto acabó convirtiéndose en el UMIST (University of Manchester Institute of Science and Technology) pero previamente funcionó como una Facultad de Tecnología de la Victoria University of Manchester, conocida antes de 1851 como Owens College.

Para saber el origen del Owens College tenemos que trasladarnos a 1846 y encontrarnos con John Owens, un comerciante textil de Mánchester, soltero y sin descendencia, que muere y deja la mayor parte de su fortuna para la creación de una universidad para hombres (todavía no había nacido Emmeline Pankhurst para convencerle, incluso a porrazos, que también podría pensar en integrar a las mujeres en las universidades). En fin, los administradores de esta bonita herencia acaban estableciendo en 1851 el Owens College en un edificio que había sido la casa de Richard Cobden, un empresario textil que, en pleno auge de la Revolución Industrial se estableció en Mánchester y que más adelante acabó interviniendo en las luchas políticas locales.

Poco a poco, la idea de una universidad empezó a tomar forma pero, eso sí, con algunas dificultades iniciales ya que, entre otras cosas, los empresarios de Mánchester eran más partidarios de que sus hijos se incorporaran a los negocios familiares cuanto antes y eso dificultaba atraer estudiantes solventes al Owens College. Fuera como fuese, el College, a pesar de todo, sobrevivió y en 1873 se instala, esta vez para quedarse para siempre, en unos edificios nuevos que se habían construido en Chorlton-en-Medlock en Oxford Road. En este majestuoso complejo de la actual universidad podéis encontrar el edifico Owens, que al igual que el resto de construcciones fue diseñado por Alfred Waterhouse, el arquitecto que ganó el concurso para diseñar el nuevo ayuntamiento de Mánchester, en mi opinión el edificio más impresionante de toda la ciudad, y artífice también del Museo de Historia Natural en Londres. El edificio principal de la Universidad de Mánchester albergaba originariamente todas las disciplinas excepto química, que se impartía en Burlington Street, y medicina, que se enseñaba en la parte trasera del campus universitario. Volviendo a la cronología, es en 1880 cuando, por Decreto Real, se establece que en Chorlton-en-Medlock se establezca la Universidad Victoria y en 1904 el Owens College fue absorvido por esta institución. De hecho, la actual Universidad de Mánchester no se conforma hasta 2004, con la fusión de de la Universidad Victoria de Mánchester y el UMIST. A día de hoy está considerada como una de las mejores universidades del mundo, es líder mundial en la búsqueda de tratamientos contra enfermedades con alta mortalidad y vale mucho la pena entrar en ella, pasear entre sus bonitos edificios y, sobre todo, admirar el edificio neo-gótico de Whitworth, que es una de las maravillas de la ciudad.

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La universidad de Manchester cual Matrioshka, alberga dentro de su recinto, el sofisticado Christies Bistro y el Museo de Mánchester, en el que puedes ver desde momias del antiguo Egipto, hasta esqueletos de dinosaurios, objetos de arqueología, algo de botánica, etc…

Sin duda, una de las piezas más famosas del Museo es el esqueleto del elefante Maharajah, no tanto por sus huesos sino por la historia de su traslado a la ciudad. Para conocer el origen de la fama del animalito nos vamos a la década de 1870, cuando en Mánchester existía el zoo Belle Vue. Este zoo pertenecía a la familia Jennison, que se enamoró de un elefante que vivía en el zoo de Edimburgo y al que acabó comprando. Para transportarlo decidieron que viajase en tren pero durante el trayecto el elefante no debió sentirse muy cómodo y destrozó el vagón en el que iba encerrado. La solución fue llevarlo a pie hasta Mánchester, cuidador incluído pegándose esta romántica pateada. Total, la broma costó 10 días de caminata. IMG_0049

Robando protagonismo al elefante Maharajah, en el museo también encontramos a una estatuilla egipcia, una de las ofrendas a Osiris sacada de la tumba de una momia y que, de alguna manera, tomó vida propia. Se trata de la estatua de Neb Senu. La reliquia de 25 centímetros fue encontrada en una tumba que data de 1800 a.C. y tiene una inscripción que traducida pone “pan, cerveza y carne”. Hace pocos años la pieza, seguramente aburrida de estar todo el día sin más actividad que la de dejarse ser observada,  optó por girar sobre ella sigilosamente durante el día y permanecer quieta durante la noche. Los conservadores del museo decidieron poner cerca de ella una cámara de vigilancia y comprobaron que, efectivamente, la posición de primera hora de la mañana no era la misma que la que tenía por la tarde, había girado 180 grados! Como siempre pasa con estas cosas, hay explicaciones para todos los gustos, unos expertos sospechan que la estatuilla puede contener el espíritu de la momia, teoría directamente enraizada con las creencias del antiguo Egipto, y otros expertos se decantan por el efecto de las vibraciones de los miles de visitantes que pasan por esa sala y que provocan que la pieza gire esos 180 grados por el día. La respuesta verdadera, sin duda, la tiene la estatua y yo, como soy una romántica, me decanto por la vertiente más mágica. En el siguiente enlace la podéis ver en acción.

Neb Senu en movimiento

Por último, merecen mención algunos universitarios ilustres de la Universidad de Mánchester: Tenemos al archiconocido y talentoso arquitecto Norman Foster; al escritor Anthony Burgess y autor del libro, entre otros, de La naranja mecánica;  a los actores Adrian Edmondson, ese Vyvyan, el punk, en la mítica serie de los 80´s The Young Ones, a su compañero de reparto en la misma serie, Rik Mayall, representando al anarquista Rick, y al también actor Benedict Cumberbatch, que podemos ver en la serie Sherlock; a los físicos James Chadwick, premio nobel de física y descubridor del neutrón, Joseph John Thomson, también premio nobel de física y descubridor del electrón, y a John Douglas Cockcroft, nobel de física y el primero en desintegrar un núcleo atómico. Desde luego que la lista es más larga, estos sólo son algunos ejemplos y en algún momento he de poner fin a este artículo que espero que os sirva si alguna vez visitais Mánchester.

 

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Adrian Edmondson

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Rik Mayall

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Anthony Burgess

 

Bar SomY o la peña oficial de seguidores del Manchester City FC en Barcelona

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Hablar de Manchester y de Barcelona sin sacar el tema del fútbol viene a ser como hablar de Madrid sin hablar de la cup of café con leche in the Plaza Mayor.
La cosa es que existe un lugar en el barrio de Sants en el que las aficiones del Barça y del Manchester City conviven pacíficamente desde 2011. Se trata del Bar SomY y se encuentra en la plaza Osca.
Los artífices de esta idea son Mark Aspinall, un mancuniano residente en Barcelona y, por supuesto seguidor del City, y Ricard Blanco, propietario del local y socio de la Penya Barcelonista Sants-Hostafrancs. Por lo visto Mark solía frecuentar el SomY con sus amigos, aficionados al fútbol, y Ricard les acabó ofreci poder reunirse allí dejándoles algo de espacio en las paredes culés de su bar para montar su propio altar color celeste. De esta manera, los colores blaugrana y azul celeste visten los muros del bar en armonía y sin estridencias y son testigos de los rezos, alegrías y aplausos de sus «followers» cada vez que juegan sus respectivos equipos. Lo mejor, no existen tensiones entre ellos, al contrario, y reina el respeto entre las los aficiones, cosa que hace más agradable el rato que uno pueda pasar allí.
Por otro lado, el hecho de que los dos equipos hayan compartido jugadores o que Pep Guardiola esté llevando al Manchester City a uno de los momentos más dulces en la Premier League y se haya ganado el cariño incondicional de los citizens, también ayuda a que este equipo esté cosechando cierto grado de simpatía entre los catalanes. De hecho, yo misma lo veo como un equipo hermano o algo así.
Más curiosidades sobre este tema en el siguiente link:
https://es.mancity.com/noticias/primer-equipo/first-team-news/2017/january/barceloan-osc-sp

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Manchester y su dulce País de las Maravillas

Desde hace unos días, estaba sintiendo cierta impaciencia en revelar un secreto y, como ya no podía esperar más, hoy voy a hacerlo. Cómo ya sabéis, la música me llevó a Manchester y allí todo vino como rodado. El secreto es que en Manchester se encuentra el País de las Maravillas, así que si alguna vez lo habíais buscado o lo estáis buscando, dejad de hacerlo, no os canséis. Yo, amablemente, os facilito sus coordenadas y lo comparto con vosotros.

Para llegar al País de las Maravillas, obviamente primero tenéis que llegar a Manchester. Una vez allí, tenéis que llegar al Gay Village, cuya calle principal da a uno de los canales que recorren la ciudad y se llama, sencillamente, Canal Street. Pues bien, el País de las Maravillas está ubicado en Richmond Street, la calle paralela a esa alegre, divertida y colorida Canal Street. Una vez en Richmond Street, no es necesario que busquéis ningún conejo blanco al que seguir ciegamente, ni ningún árbol que tenga huecos por donde podáis meter la cabeza, aunque todo eso también estaría muy bien como aviso de que os encontráis cerca de “el lugar”. Para nada! Todo es mucho más fácil. Lo único que tenéis que hacer es entrar en una casa que tiene un rótulo en la fachada que pone “Richmond Tea Rooms”. Una vez abres aquella puerta, ya está, un agradable y dulce olor te llevará a entrar en una sala que, al menos para mí fue, TOO MUCH!!!

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